La testa rapada sobre la que reposaron los laureles del reconocimiento público en el Miss Venezuela 2014, Jennifer Saa continuó cultivando su carrera como modelo internacional y, desde entonces, han crecido también sus rizos y toda una labor enfocada en poner en valor la belleza y todo el potencial de una cabeza vibrante de crespos.

Luego de protagonizar desfiles y campañas para diseñadores venezolanos como Angel Sánchez, Oscar Carvallo y Alejandro Fajardo, además de ser Miss Falcón y Miss Personalidad en el famoso concurso de belleza nacional, Jennifer Saa pasó a protagonizar piezas comerciales para Revlon y también he trabajado con marcas como Heineken, Johnny Walker y Freixenet.
En entrevista exclusiva para El Carabobeño, la modelo valenciana criada en el barrio Los Magallanes del municipio San Diego, la segunda de cuatro hermanos de padres colombianos, nos atiende desde Barcelona, España, entre preparativos para su inminente boda y el lanzamiento de su marca de cosmética capilar.
—¿Cómo viviste la cultura del “pelo malo” que existe en Venezuela?
—Todo depende del entorno donde hayas crecido. Yo me crié en un ambiente donde la mayoría de la gente es negra, por eso nunca viví esa cultura del pelo malo o pelo bueno. Sabía que tenía mi pelo afro, pero es un pelazo de pelo afro. Es diferente si tú eres negra y creces en un ambiente blanco; ahí es donde vienen los problemas, no porque alguien sea blanco o porque sea negro, sino porque no es igual tratar un pelo liso a tratar un afro.
—Aprendiste a cuidarte el pelo desde pequeña...
—Cuando era niña llevaba trencitas o twists, que aprendí a hacer junto a prima desde pequeña. Cuando vas creciendo te quieres hacer los mismos peinados que se hacen tus amiguitas, y si no tienes tu grupito de gente negra, te puedes sentir un poco incómoda porque no tienes referencias.

—Sin embargo, cuando te convertiste en la Reina de la Feria de Valencia 2010 llevabas el pelo liso...
—Me alisé el cabello a los 15 porque era lo normal en esta idea de que a esa edad te conviertes en mujer y lo tuve así hasta los 19, más o menos.
—¿Cómo decidiste raparte el pelo?
—En ese momento estaba muy “fiebrúa” con America’s Next Top Model, y ahí le hacían cambios radicales a las modelos; a una de las concursantes le habían rapado el pelo y quedó espectacular. Ahí me di cuenta de que si ella había quedado bien, entonces a mí, que soy más guapa, me iba a quedar mejor. Para entonces, me tocaba entregar la corona del reinado. Me habían invitado a ser jurado en un concurso en Puerto Cabello, y estando en los camerinos le comenté mi idea de cortarme el pelo a Tomás, un estilista, y él se ofreció a hacerme el corte. Al día siguiente, sin decirle nada a nadie, me levanté tempranito y agarré un autobús desde San Diego hasta Puerto Cabello, y Tomás me hizo el corte. Lo peor vino después.
—¿Cuáles fueron las reacciones?
—Mi mamá al final lo aceptó, pero mi papá estuvo 2 años sin hablarme. Me volvió a hablar cuando entré al Miss Venezuela.

—Pasaste de ser la primera miss con la cabeza rapada en el Miss Venezuela a ser una embajadora de tratamientos para el pelo afro y estilos para el cabello rizado. ¿Cómo diste ese salto?
—Hay que tener bastante valentía para dejarse crecer el cabello. La primera vez que lo intenté, a los dos meses, cuando no era chicha ni limonada, no pude con el "chalequeo" y de verdad me sentía mal. Vivía con roomates en Panamá que me decían que me veía fea y que parecía esto y lo otro. Al final, me lo corté de nuevo. Esos mismos amigos, que los amo y los adoro, que en su momento me llamaban "Sorbetico" y mil cosas en tono de "chalequeo", ahora me dicen que dejarme crecer el pelo fue lo mejor que pude haber hecho en mi vida. Por eso, al final, la opinión de la gente sí importa, pero que no te afecte.
—Además de "Sorbetico", ¿qué más te decían?
—Ya ni me acuerdo, porque yo también me reía. ¿Qué vas a hacer? Si te enfadas, te molestan más. En ese punto, a veces con la autoestima arriba y otras veces por el suelo, llegué al punto de esperar que todos se fueran para salir de mi habitación, porque no quería que me estuvieran diciendo comentarios sobre cómo me veía.
—¿Qué pasó que finalmente te decidiste a dejarte el afro?
—Me dije, “mira, ¿sabes qué? Me dejo crecer el pelo, que la gente diga lo que tenga que decir y punto”.
—Con este nuevo estilo, ¿volviste a ser tú o surgió otra Jennifer?
—Empecé a descubrir mi pelo, lo distinto que es y aprender a manejarlo de manera natural, a cuidarlo y conocer los productos. Abrí un canal en YouTube donde hablaba sobre lo que usaba para cuidar mi cabello y tuvo buena receptividad. Luego migré ese contenido a Instagram.
—¿Cuáles son los malentendidos sobre el cuidado del pelo rizado que no permite que la gente asuma su cabello natural?
—Para mí, son dos factores. El primero la falta de conocimiento, no saber lo que tienes. El segundo es la autoestima. Creo que vivimos con tantas cosas aspiracionales, que de repente tú no quieres tener tu pelo sino mi pelo, o el de otros. Hay que dejar de compararse con lo que hay en redes sociales. Está bien tomar lo que le sirve a otra persona, pero no obsesionarse con tenerlo igual, porque al final todos somos distintos y tenemos estilos de vida diferentes.
—Te fuiste a Panamá en marzo de 2015, después del Miss Venezuela, ¿qué conseguiste allá?
—Después de casi seis años de vivir en Panamá, me siento panameña. Juro que es mi segunda casa. Allá trabajé bien como modelo, con buenos pagos, buenas campañas comerciales. También hice amistades, tuve rupturas amorosas y conocí la rumba. También conseguí madurar y encontrar a esa Jennifer que es la que tienes ahora. No hay papá a quién llorarle para que te ayude con la renta, no hay aquello de quedarse en la cama porque no te provoca levantarte; te levantas y haces tus cosas, porque tienes que vivir, y si tienes depresión ves cómo te la sacudes.
—¿Te deprimiste?
—Trataba de evadirlo, de no caer en huecos pero, aunque no lo sabía, mi cuerpo entero gritaba depresión.

—¿Qué te lleva a replantearte las cosas y hacer una segunda migración?
—Siempre supe que Panamá para mí era un puente, y se lo agradezco un montón, pero no era mi destino. También sabía que ahí no estaba la persona con la que yo quería formar familia ni mi trabajo ideal. Además, me moría por conocer el trabajo de modelaje en Europa.
—¿Por qué España?
—España, en cierto modo, siempre estuvo en mi plan. Recuerdo que empecé a estudiar Comercio Exterior porque el Instituto Nuevas Profesiones tiene una sede en Madrid, y siempre quise venir a hacer la licenciatura aquí, pero era tan costoso todo, por los requisitos que te piden, que necesitaba prepararme primero.
—¿Cómo te preparaste?
—Tenía tres empleos, hice un curso intensivo de inglés y entrenaba para mantenerme en forma. Además del modelaje, dictaba daba clases en agencias de modelos como la de Stefanía Fernández y también era hostess en un restaurante. Trabajé tanto que me enfermé, pero gracias a mi esfuerzo pude surfear la pandemia con mis ahorros, aunque también me busqué la vida dando clases on line y vendiendo franelas estampadas.
—En 2021 cambiaste Ciudad de Panamá por Barcelona, ¿cómo fue el salto a Europa?
—Después de la pandemia, empecé a salir con un chico francés que iba a Panamá por cosas de trabajo. Viví en París por un tiempo, pero esa relación no funcionó. Tenía todo listo para volver a Panamá y empezar a trabajar como agente inmobiliario, pero estando en Europa hablé con Juan Carlos, que en ese entonces era mi manager de Bookings, y él me consiguió una cita en la agencia Traffic Models. Fui a ver qué tal y enseguida me propusieron ponernos a trabajar. Ahí, mi chip cambió. Me decidí a probar suerte sabiendo que si no funcionaba todavía podía volver a Panamá.
—¿Cómo ha sido tu experiencia en el modelaje en Europa?
—En Barcelona he tenido el gusto de seguir trabajando como modelo. No como yo quisiera, pero Dios sabe lo que hace. Llegando a Europa entendí que aquí es la competencia real. Es muy distinto a como se trabaja en Latinoamérica.
—Y conociste a tu prometido...
—Justo la semana que decidí quedarme en Barcelona conocí a mi novio actual, Maurizio, en una cena con mis amigas en el restaurante que él dirigía, pero eso fue "hola" y "chao". Al día siguiente me escribió por Instagram para invitarme a comer. Contrario a lo que se acostumbra en España, me pasó buscando como buen italiano caballeroso que es. Cuando lo volví a ver en esa primera cita, entendí a los que dicen que cuando veas a la persona indicada sabrás que es para tí. Desde entonces, no nos separamos. Ya llevamos casi cuatro años, ¡y nos casamos el 4 de octubre!

—¿Cómo surgió la idea de crear una marca de cuidado para el pelo rizado?
—Hice un máster en marketing y comunicación en el Instituto Cerem, pero no sabía exactamente qué iba a hacer con esos conocimientos, hasta que un día se me cruzó un taller de cosmética capilar dictado por una especialista francesa. Lo hice a ver qué tal, y cuando entré sentí que estaba en un parque de diversiones. Me sentía la persona más feliz viendo cómo se hace una crema con todos sus componentes y lo que eso hace en tu cabello. Era mágico para mí. Desde ese momento empecé a ver cómo aplicar todos los conocimientos que he acumulado hasta ahora.
—Ya tenías mucha práctica con la experiencia personal que muestras en redes...
—En mis redes he estado mostrando estilos para pelo rizado y tratamientos hechos en casa por productos naturales. La gente empezó a preguntarme dónde vendían lo que yo mostraba, entonces me decidí a crear fórmulas caseras y a probarlas con mi vecina y mis compañeras de trabajo. Vi lo que funciona, busqué un laboratorio, y ya estamos en pruebas.
—¿Qué propones con tu línea de cuidado capilar?
—Estoy apostando a tener un producto ideal, idóneo y también accesible para las chicas con cabello afro. Hay muchas marcas, pero es bonito ser parte de una comunidad de mujeres en la que ellas también puedan participar de esto que está pasando.
