El hilo invisible de la música: Henry Martínez y Los Jiménez

La inspiración de Reinaldo, las canciones de Yolanda y el genio de Henry no eran casualidades aisladas, sino notas de una misma y hermosa sinfonía familiar.

El 11 de septiembre de 2024, El Carabobeño publicó mi artículo “Henry Martínez y el regalo de su amistad”. Para entonces, Henry ya libraba su batalla contra una neoplasia intestinal. Nuestras largas conversaciones telefónicas estaban impregnadas de una esperanza firme: la de que se recuperaría, volvería a Valencia y nuevamente nos reuniríamos alrededor de su música y la nuestra en aquellas «musiqueadas» que tanto amábamos. Lamentablemente, algo más de un año después de la publicación de mi artículo, el pasado jueves 2 de octubre de 2025, nos dejó.

He visto manifestaciones de dolor de mucha gente, porque Henry era tan especial, como persona, como poeta, como músico, como médico de familia, que resulta imposible no llorar su partida, aunque, como bien afirma mi hermano Juan Pablo, uno siente que personas como Henry no mueren nunca, sus obras los hace inmortales.

Hoy quiero compartir una historia que revela cuán pequeños pueden ser los mundos, y cómo la música suele ser el hilo que une destinos separados. Para ello, debo llevarlos atrás en el tiempo.

Cuando mi familia y yo llegamos a Valencia en 1961, mis padres se dedicaron a reencontrarse con sus viejas amistades y parientes. Fue así como llegó a nuestras vidas un personaje inolvidable: Reinaldo Jiménez Malpica. Su visita era una fiesta. Al sentarse al piano, o al sacar su acordeón, la casa se llenaba de magia. Pero lo que más me cautivó fue descubrir que componía sus propias canciones. Sin saberlo, Reinaldo plantó en mí la semilla de la creación musical.

Años más tarde, ya viviendo en Madrid, el nombre de Yolanda Villegas llegó a mí en una carta. Mi amiga María Eugenia Correa había participado en un festival de la canción juvenil con una composición de Yolanda. La admiración que sentí por esa autora, cuya obra interpretaban artistas como el ganador de ese mismo festival, Leopoldo Ojeda, fue instantánea.

El círculo comenzó a cerrarse cuando, de vuelta en Valencia, compartí con Yolanda y su hijo Enrique. En una de esas noches de “musiqueadas”, una de sus canciones me estremeció: hablaba de su esposo perdido en el mar. Una frase se me quedó grabada: “¿por qué tú no regresas? si es que todo regresa…”. Fue entonces cuando supe que el apellido de soltera de Yolanda era Jiménez Malpica. Ella era la hermana de mi querido Reinaldo.

La vida siguió tejiendo su red. Cuando compré un Renault en la agencia frente a la iglesia de “las Siervas del Santísimo Sacramento”, me atendió un señor Jiménez, el vivo retrato de Reinaldo, pero algo más pequeño. Efectivamente, era otro de sus hermanos. Me dijo que a los Jiménez les gustaban los carros y la música. Con el tiempo, tanto Reinaldo como Yolanda partieron a otro plano, pero su legado musical nunca se fue.

Y entonces, gracias a mi hermano Juan Pablo, llegó Henry Martínez a mi vida, convirtiéndose en un amigo entrañable, porque ya hacía mucho tiempo que era mi compositor preferido. Un día me llamó con una pregunta: “Ya que eres tan valenciana, ¿conocerás a la familia de mi madre?”. Me contó que, aunque él era de Aragua, su madre era carabobeña, hija de un señor Jiménez que había vendido carros para los Herrera. Recordó cómo una vez su padre lo localizó y llevó a su mamá a conocerlo a la concesionaria, creo que en Guaparo.

Una corazonada cruzó por mi mente. ¿Y si los Jiménez Malpica y la madre de Henry descendían del mismo árbol familiar? Actué de inmediato y llamé a Gonzalo Villegas, el hermano de Enrique, porque Enrique se había ido a Argentina. La respuesta no pudo ser más extraordinaria.

En una de las visitas de Henry a Valencia, Gonzalo llegó a nuestra casa con un tesoro en las manos: un álbum de fotografías familiares. Al pasar las páginas, el parecido de Henry con los Jiménez era tan impactante que nos dejó sin palabras. La madre de Henry Martínez era hermana de Yolanda y de Reinaldo. Pero lo que más me conmovió hasta lo más profundo fue la confirmación de un hecho hermoso: la música siempre había estado presente en esa familia, era un latido compartido, una herencia silenciosa que fluía en la sangre, aún antes de que ellos mismos supieran que estaban conectados.

En ese momento, todo cobró sentido. La inspiración de Reinaldo, las canciones de Yolanda y el genio de Henry no eran casualidades aisladas, sino notas de una misma y hermosa sinfonía familiar.

Fue así como Gonzalo integró a Henry al grupo de WhatsApp de su familia. Enrique (quien, lamentablemente, también nos dejó este año), se mostró encantado de descubrir ese vínculo con un músico tan maravilloso como Henry Martínez. Y yo me quedé con el corazón lleno de alegría por haber propiciado ese reencuentro, y con el orgullo de saber que nuestro Henry Martínez era, al fin y al cabo, un poquito carabobeño.

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Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la posición de El Carabobeño sobre el tema en cuestión.

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El hilo invisible de la música: Henry Martínez y Los Jiménez

Anamaría Correa
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