Publiqué mi último artículo de 2025 a finales de noviembre. Con Nicolás Maduro como presidente de Venezuela –huérfano de legitimidad, bueno es decirlo-, el chavismo mandando y Donald Trump amenazando con fuertes sanciones y lanzando misiles matagente a lanchas rápidas cargadas de droga en el Caribe y el Pacífico. De eso hace menos de dos meses, pero la situación actual nos hace pensar que estamos en otro teatro, en otro escenario y en otra obra, aunque con los mismos actores representando papeles diferentes. Maduro está en una cárcel de New York, Delcy Rodríguez es la presidenta encargada del país, Trump es el que da las órdenes que Marco Rubio transmite hacia el aparato chavista y los que ganaron las elecciones en 2024 no figuran en el reparto o fueron relegados a esperar en los camerinos mientras las cosas se aclaran y el aire se limpia de polvo. Inclusive se publicó una imagen donde el Sr. Trump aparece como presidente interino de Venezuela.
Difícil predecir hacia dónde apunta el futuro de Venezuela; no solo el de mediano y largo plazo sino el de mañana y la semana que viene. Apenas el jueves pasado el presidente de EEUU mantuvo una larga conversación con Delcy Rodríguez, a quien calificó de terrific woman (mujer fantástica o extraordinaria, podría traducirse) y comentó que se estaban llevando muy bien con Venezuela. El mismo día, almorzó con María Corina Machado en la Casa Blanca, y recibió de regalo la medalla del Nobel de la Paz enmarcada en un cuadro con varias inscripciones elogiosas “en reconocimiento a la acción decisiva… del presidente Donald Trump para asegurar una Venezuela libre”.
La estrategia del gobierno norteamericano, comenzando con el despliegue militar en el Caribe y el golpe de escena que significó la extracción de Maduro y su esposa Cilia Flores, contempla tres etapas en secuencia (aunque podrían solaparse, según ha dicho el secretario de Estado Marco Rubio). Estabilización, recuperación y transición, donde la última fase representaría el traspaso del poder a unas autoridades legítimamente elegidas y el cambio definitivo del chavismo por un gobierno democrático, tolerante, respetuoso de las libertades y económicamente viable, con todo lo que eso significa en términos de movimiento de gente, de recursos y de ideas (así como de resistencia y potencial de conflicto).
Varios años, según ha dicho de manera casual Marco Rubio, podría tomar el proceso de reconstrucción hasta llegar a unas condiciones de paz social, normalidad económica y apertura política que permitan la realización de elecciones libres y limpias. En el mientras tanto, la tarea no será simple, ni mucho menos. Habrá que trabajar con el gobierno chavista y contar con su colaboración –su obediencia, más bien- en un proceso que llevaría a su eventual disolución y reemplazo por una alternativa elegida por el soberano, al tiempo que se deshace el entramado de corrupción, ineficiencia y desidia que ha mostrado el socialismo del siglo XXI desde hace más de cinco lustros: un entramado donde se ejecutan autoritariamente las decisiones de la cúpula, similar a una pirámide de piedra que separa a los que mandan de los gobernados. Y todo esto sin la intervención –hasta quién sabe cuándo- de los ganadores de las elecciones de julio de 2024 y su equipo; los mismos que cuentan con la aprobación de más del 70% de la población.
¿Cómo se ve el futuro, en grandes brochazos? Primero que nada, incierto. Trump no es una persona que mantiene sus compromisos y sus lealtades si le cambian las circunstancias o si su imagen y su ego corren peligro. Tiene unas elecciones de midterm este año que prácticamente le “prohíben” involucrarse de más en Venezuela, ni se diga pensar en poner tropas en tierra o contemplar invasiones para preservar el orden. Por lo tanto, sus opciones tienen un límite y, aunque sigue sosteniendo un garrote en la mano para que el chavismo cumpla, el garrote puede no ser tan largo ni tan sólido como querría. Mientras tanto, el clima de represión y la crisis económica apenas mejoran: la gente continúa con miedo a la represión y las libertades siguen restringidas. Los 80 o 100 presos políticos liberados al día de escribir este artículo (un 10% del total) han sido forzados a pulso desde arriba y los 500 millones de dólares que buscan aterrizar en la economía local serán manejados en última instancia por el mismo aparato que ha destruido la economía a fuerza de incapacidad y corrupción.




