Mario es un joven que forma parte de la macabra estadística de periodistas privados de libertad por el régimen venezolano. Es un chamo ejemplar. Noble, juicioso y soñador. A veces peca de ingenuo porque es exageradamente buena persona. Es de esos muchachos venezolanos que, a pesar de la crítica situación política, económica y social, sigue confiado en que el país cambiará. Se le olvida que esta pelea va más allá de nuestras capacidades humanas. Este es un lío entre el bien y el mal.
A pesar de la hecatombe venezolana, Mario sigue proyectando una patria donde reine la paz, el respeto y la empatía. Esa visión le llevó a estudiar Periodismo. Siempre afirmó su vocación de ayudar a las comunidades necesitadas y ser voz de quienes no la tienen. Se lo pasaba en los barrios hablando con la gente, buscando soluciones y eso quizá incomodó a militantes maduristas. En el pasado militó en pequeños partidos de oposición, pero en los últimos tiempos ya se había dejado de eso. Seguía ayudando a la gente, sin vestir camiseta política. Ayudaba y seguía soñando. Estoy seguro de que nació para tender la mano a quien lo necesite.
A Mario también se le dio la tarea de educar. Ha sido docente y por eso sigue formándose en estudios de postgrado en la asfixiada Universidad de Carabobo. En nuestras tertulias manifestaba que la única manera de cambiar al mundo es educando a la gente y en eso siempre estuvimos de acuerdo. Pensaba como el emperador Marco Aurelio: a la gente la educas o la padeces en el futuro
.Desde hace algunos años nos une una bonita y sincera amistad. Compartimos en el pasado proyectos académicos, reflexionábamos acerca de la realidad venezolana y subíamos el cerro Casupo y el Café. Cuando conversamos me pide la bendición y le dice a mi madre "abuela". Y si, Mario es un hijo de esos que te obsequia la vida misma. Por esa razón, me duele su situación, porque a cualquiera que le importen los jóvenes de este país, debería elevar su voz por Mario y todos los presos políticos detenidos injustamente.
Les escribo sobre Mario porque desde hace tres meses fue secuestrado por el gobierno venezolano. A este chamo, cuyo único pecado es soñar con un país próspero y feliz, le están imputando cargos por terrorismo, asociación para delinquir, conspiración con gobiernos extranjeros y traición a la patria. Así como en las dictaduras de repúblicas bananeras del Caribe, le fabricaron delitos y lo enviaron a la cárcel. Quienes conocen a Mario saben que esas acusaciones están lejos de la realidad y están destrozando el futuro de una familia venezolana, creando más miedo y zozobra. El dictador Trujillo se quedó en pañales ante tanta maldad.
Quienes le conocemos reafirmamos su bondad, solidaridad y talante democrático. Quizá por este último principio lo mandaron a fichar, porque por la manera en cómo se está desarrollando todo, pareciera que le están haciendo un favor a alguien, que posiblemente se sintió incómodo por las opiniones de mi amigo. Si, Mario daba a conocer sus juicios sobre la realidad venezolana en sus cuentas de redes sociales.
Reafirmo que Mario es un chamo que no le haría mal a nadie. Jamás levantaría un arma. Es pacífico y sigue creyendo ingenuamente en el diálogo para los problemas venezolanos. Le encanta hablar con la gente en los barrios siempre respetando a quien piensa distinto. Ayudar al prójimo es su apostolado. En conclusión, Mario es uno de los mejores seres humanos que conozco, por lo que espero, dentro de tanta maldad, que alguien recapacite y lo deje en libertad.
Mario no debe estar en la cárcel. Pido a nuestro santo José Gregorio Hernández por su salud y la de sus padres, quienes deben estar viviendo momentos de mucha angustia. Pido al Dios todopoderoso mucha fortaleza para su señora madre y para su esposa. Confiemos en la justicia divina y oremos para que Mario y todos los periodistas y activistas presos vuelvan pronto a sus casas.




