“La cadena aún tiene su perfume”

Cuando anochece en La Guaira, las temperaturas bajan, el ritmo del trabajo disminuye y el sonido de la maquinaria pesada desgarrando el concreto desaparece por momentos. La aparente tranquilidad es reemplazada por el motor de algunas plantas, los picos y palas de voluntarios que siguen buscando, cavando túneles donde no se profundizó lo suficiente 
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Judith Ramos observa a los rescatistas buscando el cuerpo de su hermano, Israel. Foto: Patricia Ochoa

Judith Ramos recoge, en lo más alto de las placas de concreto, la cadena de su hermano. Aún conserva, entre el polvo y el olor ácido que propaga la brisa, un leve perfume que identifica como suyo. Dice que no se la quitaba nunca, mientras la guarda junto al morral que le regaló y los libros que recuperó de los escombros en una bolsita.

Sentada en lo que pudo ser el techo del apartamento, rememora la rutina de Israel. Estaba a punto de cumplir 35 años, llegaba del trabajo a las 5:00 p. m., aunque su último delivery en Farmatodo lo atrasó el 24 de junio. Subía a su departamento, se bañaba e iba religiosamente a las 6:00 p. m. al gimnasio. A unos metros, identifica unos zapatos blancos como los que usaba para entrenar entre la tierra. Hace un dibujo mental y señala a los rescatistas voluntarios que el lugar donde están buscando es la cocina, pero tal vez su cuerpo esté en el baño o pasillo.

Judith es bombera. Dejó de trabajar porque se dedicó, durante los últimos 44 días, a intentar encontrar el cuerpo de su hermano. Se dividió las guardias en los escombros con su mamá para que alguien cuidara de sus dos hijos. La primera máquina que llevaron a la zona no fue tan efectiva como la segunda, que en solo tres días logró acceder a parte de la estructura del piso 4 de una de las tres torres de la Opppe  33, construidas entre 2011 y 2013, en el sector Caribe.

Israel no tuvo la misma suerte que parte de su familia. Judith llegó el 25 de junio a la zona y empezó a llamarlo. Fuerte. Estaba amaneciendo y lo único que escuchaba eran desgarradores gritos en las residencias que la rodeaban. “Cuando llegué, en el edificio de al lado, mi prima estaba viva, pero tenía una columna en la cabeza. No teníamos con qué trabajar ni para hacer cortes. La sacaron muerta; a su novio, vivo. A mi tía la sacaron más rápido que a mi hermano, aunque era más difícil, porque llegó una youtuber e hizo un video”.

—¿Cómo son las noches en La Guaira?
—Tristes. Vacías. Con miedo. A todos nos cambió la vida en un minuto.

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Opppe  33 en el sector Caribe. Foto: Patricia Ochoa

Una luz que se mantiene

Cuando anochece en La Guaira, las temperaturas bajan, el ritmo del trabajo disminuye y el sonido de la maquinaria pesada desgarrando el concreto desaparece por momentos. En los campamentos hay unos minutos de silencio y la presencia de funcionarios es casi nula. La aparente tranquilidad es reemplazada por el motor de algunas plantas, los picos y palas de quienes siguen buscando, en su mayoría civiles voluntarios, que empiezan a cavar túneles donde no se profundizó lo suficiente. 

Judith está insolada, cansada, pero también esperanzada. Desea darle la cristiana sepultura a su hermano. Ve cómo, entre cabillas, anime y escombros, un grupo de jóvenes empieza a excavar bajo una placa, identificada con la posible ubicación. Suben un trozo de concreto, que sirve como “junte”, por si colapsa el resto. Mientras unos abren un espacio para ingresar, otros “palean” los escombros sobre la zona para disminuir el peso.

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Civiles voluntarios que trabajan como rescatistas. Foto: Patricia Ochoa

Natasha Adjunta tiene 21 años, llegó a La Guaira desde Lara dos días después del doble terremoto y se dedicó a atender como psicóloga a niños durante dos semanas. Al día 20, empezó a trabajar con un equipo de rescate formado por civiles. Desde entonces, ha sacado 17 cuerpos. Al ser más pequeña que el resto, entra con facilidad por los túneles. Ha hecho rappel, aprendido a usar herramientas y usado la fuerza que le dio la calistenia para mover escombros. No deja de maquillarse; a pesar de la humedad y el polvo, conserva la sonrisa.

Cuando una familia tiene la ubicación de un cuerpo, pero no la ayuda suficiente, como Judith con su hermano, se moviliza hasta la zona. Tras pasar la etapa de rescatar personas con vida, trabajar en la noche se ha vuelto más práctico. El sol, el calor y la humedad disminuyen considerablemente. El peligro de las máquinas removiendo desaparece.

¿La voluntad es suficiente?

Después de horas buscando el cuerpo de Israel bajo la luz artificial, el pequeño grupo paró. Quienes ingresaron por el túnel no encontraron nada. El olor a descomposición provenía de una nevera. Natasha se lamenta, pero explica que abrir otros puntos en la placa a ellos les tomaría horas, pero con la maquinaria pesada serían minutos.

Después de compartir una arepa, que otro grupo donó, hacen una oración. Cierran los ojos y, tomados de la mano, piden a Dios por todos. Por los que perdieron su hogar. Por los que ya no están. Por los que siguen buscando. Y por los que siguen ayudando. Cubiertos por una capa de tierra, regresan a sus refugios.

Las cifras oficiales del Estado elevan a más de 6.000 los muertos por los terremotos, pero el Gobierno de la presidenta interina Delcy Rodríguez no expone cuántas personas continúan desaparecidas. A mes y medio, no se sabe con exactitud cuántos venezolanos siguen sepultados bajo los escombros.

Los restos de Israel fueron hallados el viernes 7 de agosto, después de 44 días de búsqueda. La familia, finalmente, pudo reencontrarse. Pero, en La Guaira, decenas de cuerpos aún permanecen bajo los escombros. Otra decena de voluntarios pernocta entre carpas, colchones y edificaciones desalojadas. Las ayudas disminuyen, la fuerza también, pero las ganas de quedarse hasta el final no desaparecen. 

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Durante la noche, los turnos de búsqueda se redoblan en La Guiara. Foto: Patricia Ochoa

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Judith Ramos observa a los rescatistas buscando el cuerpo de su hermano, Israel. Foto: Patricia Ochoa
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