Dramas y Caballeros enfrenta a La Esposa y La Otra en una comedia sobre amor propio y decisiones

La obra enfrenta a La Esposa y La Otra en una comedia sobre amor propio, dependencia afectiva y decisiones
Fotografía: Armando Díaz.

Dos mujeres esperan al mismo hombre, pero ninguna de las dos ocupa realmente el lugar que cree tener en su vida. Una lleva 20 años de matrimonio. La otra lleva el mismo tiempo esperando que él deje a su esposa. Entre ambas hay una rivalidad que parece construida alrededor de un hombre, pero que poco a poco revela algo más incómodo: las dos han aprendido a medir su propia vida en función de las decisiones de otro.

Así transcurre Dramas y Caballeros, obra escrita y dirigida por Luis Fernández, presentada en el Hogar Hispano por TeatreandoAndo, con las actuaciones de Sonia Villamizar como La Esposa y María Antonieta Duque como La Otra.

La pieza utiliza la comedia para colocar frente al público dos arquetipos femeninos reconocibles. No son exactamente opuestos. Ambas han construido una relación de dependencia alrededor del mismo hombre y ambas han esperado, durante años, que algo cambie. La diferencia está en la manera en que cada una enfrenta esa espera.

/ Foto: Armando Díaz

Dos mujeres atrapadas en una misma historia

La Esposa lleva dos décadas dentro de un matrimonio que, al menos hacia afuera, debe conservarse. Su vida está atravesada por la necesidad de sostener una relación que dejó de proporcionarle felicidad, pero que todavía representa una estructura conocida.

La infidelidad no es un descubrimiento para ella. Sabe quién es La Otra y conoce la existencia de esa relación paralela. Sin embargo, permanece en el matrimonio. El miedo a la soledad pesa más que la posibilidad de comenzar de nuevo.

El personaje vive así una contradicción permanente: sostiene una unión que ya no desea mientras intenta convencerse de que todavía existe algo que preservar. La culpa, las indirectas y una comunicación construida sobre aquello que no se dice terminan convirtiéndose en parte de la convivencia.

/ Foto: Armando Díaz

La Otra, mientras tanto, lleva 20 años esperando. Su posición parece más libre porque no ocupa el lugar oficial, pero esa libertad también es una ilusión. Su objetivo siempre ha sido el mismo: dejar de ser la amante y convertirse en la esposa.

Idealiza al hombre, lo llama “Pa” y construye alrededor de él la idea de una relación que algún día será distinta. Cree conocerlo mejor que nadie y está convencida de que puede darle aquello que la esposa no le da. En esa lógica aparece también la competencia: cada mujer intenta demostrar que es la que realmente merece ocupar ese lugar.

Pero ambas terminan atrapadas en el mismo mecanismo. Una espera que su marido cambie. La otra espera que finalmente la elija.

/ Foto: Armando Díaz

La comedia como espejo

La obra no plantea estos personajes desde una mirada completamente solemne. La comedia permite que sus contradicciones provoquen risa, pero también que el público pueda reconocerse en algunas de ellas.

Para Villamizar y Duque, ese reconocimiento sigue teniendo vigencia pese al paso del tiempo. Las actrices explicaron que la obra tiene más de una década y que incluso ellas la reciben de otra manera ahora que tienen más de 50 años.

“Cuando empezamos teníamos 40 y pico, ahora tenemos 50 y pico y hasta tenemos formas distintas de verla, de recibirla, de aceptar lo que le pasa a estas mujeres”.

/ Foto: Armando Díaz

La diferencia no está únicamente en la edad. También está en la experiencia. Una mujer puede observar las mismas situaciones desde lugares distintos después de atravesar relaciones, pérdidas, decisiones y errores.

“Uno va aprendiendo de tanto trancazo y de tantas cosas que vas pasando: experiencia, experiencia”.

Esa mirada permite que Dramas y Caballeros no quede reducida a una historia sobre una esposa y una amante. Los personajes funcionan como representaciones de conductas que todavía pueden aparecer en las relaciones: esperar demasiado, justificar al otro, competir por afecto o creer que una persona puede convertirse en aquello que se necesita.

/ Foto: Armando Díaz

El hombre que nunca aparece como centro

Hay una particularidad interesante en la construcción de la obra: los personajes son identificados simplemente como La Esposa y La Otra. No necesitan nombre propio para que el público entienda el lugar que ocupan.

La ausencia de nombres también puede leerse como parte del juego de arquetipos. Más que dos mujeres específicas, son dos posiciones dentro de una estructura afectiva conocida. Mientras ambas giran alrededor del mismo hombre, sus propias identidades parecen quedar en segundo plano.

/ Foto: Armando Díaz

Ahí aparece una de las preguntas que la obra deja sobre la mesa: cuánto de la vida de una mujer puede terminar organizado alrededor de las decisiones de alguien más.

La respuesta no llega como un discurso. Aparece a través de las contradicciones de los personajes y de las situaciones que los hacen reír, incomodar y, eventualmente, cuestionarse.

Amor propio después de tantos años

Villamizar y Duque consideran que el mensaje central de la obra está relacionado con el amor propio y la capacidad de tomar decisiones.

Por eso, la obra no propone simplemente abandonar una relación o elegir entre una mujer y otra. Su conflicto resulta más profundo: plantea qué ocurre cuando una persona pasa demasiado tiempo esperando que otro tome una decisión que también le corresponde.

El tiempo es quizá el elemento más contundente de la historia. Veinte años de matrimonio para una y veinte años de espera para la otra.

En ambos casos, la cifra revela algo más que duración. Habla de todo lo que puede pasar mientras una persona permanece en el mismo lugar.

/ Foto: Armando Díaz

La Esposa descubre que ya no quiere a su marido. La Otra descubre que conseguirlo tampoco necesariamente resolvería su frustración. Las dos se enfrentan, desde posiciones diferentes, a la misma posibilidad: dejar de construir su identidad alrededor de ese hombre.

Ese proceso conecta con la propia experiencia de las actrices, quienes aseguran que hoy observan a sus personajes desde una perspectiva distinta a la de cuando comenzaron a interpretarlos.

“Yo me quiero mucho, mi amor. Yo me amo, yo me quiero mucho”, respondió Villamizar cuando fue preguntada sobre si se había identificado personalmente con alguno de los personajes.

/ Foto: Armando Díaz

La frase puede parecer una respuesta espontánea, incluso cómica, pero dentro de la obra adquiere otra dimensión. Interpretar durante años a mujeres que permanecen atrapadas en una relación no significa necesariamente vivir esa experiencia. También puede significar observarla desde afuera y entender qué decisiones podrían conducir a otro lugar.

Dramas y Caballeros utiliza así la infidelidad como punto de partida, pero su conflicto termina siendo menos sobre el hombre que sobre ellas. Sobre lo que esperan, lo que soportan y lo que tardan en entender que sus vidas no tienen por qué quedar suspendidas hasta que alguien más decida qué hacer con ellas.

La comedia permite reírse de esas contradicciones. Pero después de la risa queda una pregunta mucho menos cómoda: cuánto tiempo estamos dispuestos a entregar cuando dejamos que otra persona decida por nosotros.

/ Foto: Armando Díaz

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Dramas y Caballeros enfrenta a La Esposa y La Otra en una comedia sobre amor propio y decisiones

Fotografía: Armando Díaz.
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