Caracas.- El 7 de julio quedó marcado en la memoria de los dirigentes del fútbol menor de La Guaira. Ese día, un niño de 12 años herido, cuya madre acababa de fallecer bajo los escombros de los terremotos del pasado 24 de junio, envió un mensaje desesperado a sus entrenadores: “Vengan a entrenarnos a Caracas (…) El fútbol es mi vida". No pedía comida o ropa; pedía volver a la cancha. Para él, el campo de juego era el único espacio donde el dolor de la pérdida podía disiparse.
“El fútbol iba a ser su refugio", relata René Reyna, comisionado de fútbol campo en la Asociación de Fútbol de La Guaira, al recordar aquel mensaje que impulsó los esfuerzos para retomar el deporte en la entidad costera. El llamado de este niño sacudió el duelo colectivo de los adultos y se transformó en la voz de los 25 seleccionados estatales que soñaban con representar a su estado en el Nacional Federativo.
“Comenzó un trabajo ese 7 de julio. Nos hacía pensar de que era imposible ir a un nacional sin los jugadores, ¿cómo vamos a unos nacionales?", apuntó el comisionado a El Pitazo.
El próximo 5 de septiembre comienza el Campeonato Nacional Sub-14 de la Federación Venezolana de Fútbol, una competencia a la que la selección de La Guaira no tenía esperanzas de presentarse, ya que, tras los terremotos, los 25 miembros del equipo se dispersaron por el país. Todos están sanos, porque los sismos los sorprendieron en la cancha, pero muchos enfrentan pérdidas familiares y materiales y fueron trasladados a otros estados. Sin embargo, el esfuerzo de los dirigentes logró reunir a la mayoría y retomar los entrenamientos de cara al torneo.
“Ese niño todavía no sabe que es el responsable de todo esto", dijo Reyna con voz entrecortada. Actualmente los dirigentes hacen las gestiones para que este joven pueda retomar sus entrenamientos, con la dificultad de que se encuentra en un refugio en Caracas.

El oasis de la Meseta de Mamo
Bajo una tarde soleada típica de la costa guaireña, el calor del litoral caribeño abraza una de las canchas que quedan en pie en la zona: el campo de la Escuela Naval, ubicado en la Meseta de Mamo, en Catia La Mar. En este espacio, que se ha convertido en un auténtico oasis, más de un centenar de niños corren detrás de un balón, ajenos por un instante a la devastación que dejó el sismo en sus hogares.
La reactivación de los entrenamientos fue compleja logística y emocionalmente. El sismo destruyó los espacios donde habitualmente hacía vida el fútbol infantil del Club Sport Marítimo, incluyendo las canchas de Camurí Chico y el Polideportivo Polideportivo José María Vargas, ubicado en Maiquetía, este último convertido en un refugio temporal para familias damnificadas. Ante esto, la Asociación de Fútbol y el Club Deportivo Marítimo de La Guaira tocaron las puertas de la Escuela Naval.
“Conseguimos a toda la academia destrozada por el terremoto, con fallas, con bajas y, aun así, el comandante que estaba a cargo nos abrió las puertas", señala el comisionado al describir las primeras gestiones.
El oficial a cargo brindó su apoyo, pero el terreno requería un reacondicionamiento urgente. Fue allí donde la solidaridad del sector privado y de la comunidad guaireña entró en acción. Una empresa privada se encargó de cortar la grama y colaborar con la adecuación física del terreno, mientras que el Club Sport Marítimo aportó la estructura organizativa, el personal técnico y la disposición diaria para los entrenamientos.
“Ahorita tenemos más de 120 jugadores preparándose para jugar un torneo en Caracas y también para ayudar a disipar todo este tema emocional que nos ha afectado bastante", señaló José Cardozo, gerente de operaciones de Club Sport Marítimo de La Guaira. “Contamos con el apoyo de cerca de 12 entrenadores", apuntó el vocero.

Reconstruir desde los cimientos
“Esto surge a raíz de la desgracia», explica Carlos Salinas, coordinador y entrenador del Club Deportivo Marítimo de La Guaira. El estratega detalla que, debido al desastre, el club no tenía la posibilidad de seguir participando en la segunda división profesional ni de mantener operativas sus categorías inferiores por la falta de espacios. Salinas, guaireño de nacimiento y “doliente de nuestro fútbol y de La Guaira", fue otro que se negó a que los jóvenes colgaran los tacos.
“Empezamos a intentar ayudar algunos chicos, colocarlos en diferentes clubes cercanos de la capital e incluso en el exterior. Decidimos intentar darle la posibilidad a ellos", apunta el coordinador. La iniciativa comenzó a crecer desde una cancha de tierra en Macuto. Posteriormente, uniendo esfuerzos con directivos de la Asociación de Fútbol del estado, como René Reyna, lograron el traslado a las instalaciones de la Meseta de Mamo hace un par de semanas.
Habilitar la Escuela Naval requirió un esfuerzo que superó lo estrictamente deportivo. Empresas privadas se encargaron de acondicionar los baños del recinto militar, que no contaban con suministro de agua, y de resolver problemas de electricidad. “Nos están prestando el apoyo sin esperar nada a cambio. Entonces nosotros también estamos sumando un poco a ellos", señala el entrenador.
La logística diaria representa otro reto. El acceso a la Meseta de Mamo es y complejo y limitado por ser instalaciones militares, lo que impide que los niños suban caminando y disgregados. Para solucionar este inconveniente, los organizadores consiguieron autobuses privados que realizan el traslado de los jugadores. “Todo comenzó de manera voluntaria, empezamos a conseguir unos buses. Fue complicada la parte logística al principio, pero logramos manejarlo", agrega Salinas.

Acción social en tiempos de crisis
La gravedad de la situación económica y habitacional de las familias de La Guaira obligó a repensar el funcionamiento de la academia. En la actualidad, el Club Deportivo Marítimo de La Guaira atiende a una población de más de más de 100 futbolistas, en categorías de la Sub-8 a la Sub-18 (incluyendo dos planteles de la categoría Sub-16).
“En estos momentos de tanta necesidad, de tanta incertidumbre, darle la posibilidad de esparcimiento a los chicos es un logro importante", apunta Salinas, quien destaca el compromiso de los técnicos que acuden de lunes a viernes a impartir sus conocimientos, mientras que las categorías de desarrollo menor asisten de dos a tres veces por semana.
La labor social de la academia ha recibido el auxilio de diversas organizaciones. El estratega menciona especialmente el respaldo de la empresa Diablitos Underwood, representada por su gerente general, Leonardo Salazar, quien ha provisto insumos alimentarios esenciales para los entrenamientos.
Salazar, quien se describe como un apasionado del deporte, también destacó el esfuerzo de entrenadores y futbolistas, y llamó a otras empresas privadas a sumarse a esta iniciativa como parte del rescate que requiere La Guaira. “Es fundamental que toda Venezuela sepa que hay una selección que va a competir con orgullo por un estado y en memora de los que ya no están", dijo el vocero.
Sanar las heridas invisibles
Detrás de cada pase, de cada atajada y de cada grito de gol hay una historia de pérdida. Los terremotos del 24 de junio no distinguieron entre uniformes ni categorías. “Aquí hay de todo. Niños que han perdido familiares, mucha gente que se quedó sin nada, sin familiares, sin el papá, sin el hijo, sin el hermano, sin el abuelo, sin la tía", confiesa Salinas conmovido.
El propio coordinador del club vive en carne propia las consecuencias de la catástrofe. “Me pongo yo de ejemplo, yo no estoy en mi casa tampoco. Todos estamos afectados directa e indirectamente".
El fútbol ha pasado de ser un pasatiempo competitivo a convertirse en una terapia colectiva contra el trauma de que dejó la tragedia. “Los que han venido consiguieron refugio en el fútbol y eso es lo que querían. Llegaron y su situación psicológica mejoró, volvieron a hacer contacto con los hermanos del fútbol que tal vez perdieron a sus hermanos de sangre", apunta el comisionado. Para muchos de estos pequeños, sus compañeros de equipo son el único lazo de estabilidad emocional que les queda.
El cuerpo técnico de la selección, integrado por dos coordinadores y varios entrenadores voluntarios, también es parte de esta red de resiliencia. “Son cinco personas que también están refugiados, que también perdieron familiares, que seguramente necesitan trabajar y producir dinero, pero se vienen acá a dar esta clase", señala Reyna, valorando el esfuerzo desinteresado de estos profesionales que sin tener hijos en el seleccionado, deciden donar su tiempo para regalar dos horas diarias de felicidad a los jóvenes guaireños.

La mirada puesta en el Nacional
El próximo gran desafío para el fútbol menor de la región tiene fecha: septiembre de 2026. A pesar de las adversidades, la selección Sub-14 del estado La Guaira ya se encuentra oficialmente inscrita para participar en el Nacional Federativo. De los 25 niños preseleccionados originalmente, 23 ya se encuentran entrenando diariamente en la Meseta de Mamo tras ser localizados uno a uno por el cuerpo directivo. Los dos restantes, que se encuentran refugiados temporalmente en el interior del país, se incorporan a los entrenamientos este lunes 24 de agosto.
“La experiencia de los que han venido de todo el país a querer participar con su selección ha sido que consiguieron refugio en el fútbol. Hoy podemos verlos aquí felices dos horas todos los días practicando", señala Reyna con orgullo.
Sin embargo, el camino hacia la normalización competitiva requiere más apoyo. Los representantes hacen sacrificios enormes para costear los pasajes diarios de transporte público, y la organización aún requiere cubrir gastos de hidratación diaria (agua y hielo), uniformes reglamentarios para competir formalmente, e implementos deportivos de todo tipo.
Asimismo, el préstamo de la Escuela Naval finalizará una vez que concluya el periodo de vacaciones y se reincorporen los cadetes militares, lo que urge a la pronta recuperación de canchas locales.
Mientras tanto, en la cancha de la Escuela Naval, los balones siguen rodando sobre el césped recién cortado. Para estos niños de La Guaira, cada entrenamiento no es una preparación para ganar un trofeo, sino el espacio sagrado donde pueden volver a ser niños y recordar que, después del peor de los temblores, la vida y el juego siempre continúan.




