Hay una herida abierta en el litoral central. Un dolor que no se ha ido. La muerte sigue viva en los escombros, mientras los varguenses parecen no querer renunciar a lo único que puede mantenerlos en pie: la fe y la esperanza
«Nadie merece morir así».
Esa era la frase que repetían miembros de una familia mientras encendían velas frente a las ruinas de la torre A de la OPPPE-26, en Caraballeda, una de las edificaciones de la Gran Misión Vivienda Venezuela que se desplomó parcialmente durante el doble terremoto del 24 de junio.
Dos meses después del doble sismo, algunas familias siguen esperando una respuesta que los escombros todavía no les dan. Como la que se reúne hoy frente a la torre A, llegan con velas y silencio para despedirse, aun cuando nunca pudieron recuperar un cuerpo que les permitiera cerrar el duelo.
La escena de la OPPPE-26 no es extraña. Se repite, con distintos rostros y las mismas preguntas, en Playa Grande, Macuto, Tanaguarena, la avenida La Playa y la avenida La Costanera de Caraballeda. Allí permanecen pequeños campamentos improvisados donde familiares de los desaparecidos se resisten a marcharse. Algunos esperan una señal; otros, apenas, la posibilidad de encontrar un resto que les permita ponerle un nombre y un lugar al dolor.
Los familiares de las víctimas saben que el tiempo juega en contra. Cada día que pasa aumenta el temor de que los restos humanos sean confundidos entre toneladas de concreto, cabillas, muebles y objetos personales que alguna vez formaron parte de una vivienda.

El miedo crece mientras las máquinas avanzan sobre las ruinas y remueven lo que queda de las estructuras para trasladarlo hacia los terrenos cercanos al mar, en el tramo comprendido entre Los Corales y el río San Julián en Caraballeda.
«Creo que aún no hemos aterrizado la magnitud de lo que nos ocurrió. De la cantidad de vidas perdidas. Del desamparo que sentimos. De nuestro duelo, no solo por familiares y amigos, sino por nuestros lugares. Yo creo que todos los guaireños morimos un poco este 24 de junio. Morimos por dentro. Ha pasado muy poco tiempo para hablar de cómo nos sentimos. Seguimos de luto y adoloridos. Todavía queda gente debajo de los escombros y eso duele», comparte Elia Rodríguez, quien busca a su hija en la Opppe 26.
Rodríguez recuperó con apoyo de rescatistas merideños a sus dos nietos, pero con el de su hija no han tenido suerte. «Me aterra tener que hacer eso. Despedirla aquí. Dejarla aquí», dice mientras se seca las lágrimas y observa de lejos el ritual de la familia que coloca velas blancas en los escombros.
«Nadie merece morir así».
Una emergencia que no termina
«Estoy más triste cada día»
Amarilis tiene 20 años y los últimos dos meses ha estado en una carpa, un refugio y una habitación prestada donde han metido su vida sus padres y hermana. Confiesa que lo de ella es una mezcla extraña de dolor y agradecimiento.Los cuatro sobrevivieron a la caída del edificio Belo Horizonte en Playa Grande, parroquia Urimare del estado Vargas.

Sus padres compraron un apartamento en Belo Horizonte por sentir que Playa Grande era un lugar seguro. Ambos fueron sobrevivientes de la Tragedia de Vargas en 1999 y perdieron sus respectivas casas en Macuto y Caraballeda.
Lo que más desea Amarilis es volver a su cotidianidad: ir a la universidad, volver a casa, visitar la playa y que sus amigos caraqueños supan que en su edificio siempre tenían un lugar seguro para disfrutar y ver atardeceres.
Pero en el litoral central nada es igual. La emergencia sigue viva. Luce lejos el camino a la redención.
La ayuda comienza a escasear, las necesidades se acumulan y la normalidad que muchos esperan todavía no aparece. Para quienes vivieron la tragedia de Vargas de 1999, como los padres de Amarilis, esta espera tiene un significado distinto. Ellos saben que después de una catástrofe de esta magnitud la vida no vuelve de un día para otro; a veces hacen falta años para que una ciudad consiga reconocerse otra vez.
«No solo reconocer la ciudad, sino reencontrar los afectos. En nuestro edificio murieron muchos vecinos valiosos. Gente con la que conversamos en el pasillo, el ascensor, la sala de fiesta. Hay ocasiones que creo que la gente solo ve el número y no se da cuenta de la cantidad de personas. Cada 24 mis historias de WhatsApp se llenan de personas recordando a sus muertos y a sus desaparecidos», relata Arturo, el padre de Amarilis.
De acuerdo al parte oficial ofrecido por la administración de Delcy Rodríguez, 6.438 personas murieron a consecuencia del doble terremoto del 24 de junio, 15 mil personas permanecen en refugios temporales y 190 edificios se desplomaron, como pasó con las residencias Belo Horizonte.
Muchos de estos edificios exhiben hoy carteles en sus fachadas. «Propiedad privada», advierten algunos. Otros dejan teléfonos de contacto y mensajes para recordar que, aunque sus casas sean escombros, la soledad no significa abandono.
El cartel deja un mensaje: las ruinas tienen dueños, historias y, en muchos casos, personas que esperan una respuesta sobre lo que será de su patrimonio. Los carteles son pequeños gestos de resistencia frente a un paisaje que comienza a parecer deshabitado.
«Estoy más triste cada día»

Aferrados a la esperanza
«De esta, nos levantamos»
Las playas tampoco son las mismas. Desde Urimare hasta Caraballeda, el litoral parece detenido. Los balnearios afectados permanecen cerrados y son pocos, casi ninguno, los que han vuelto a recibir bañistas. La ausencia de visitantes se siente en las calles, en los estacionamientos vacíos y en los negocios que ya no tienen el movimiento habitual.
Tienen esa soledad que alguna vez se conoció cuando el viaducto Caracas-La Guaira quedó fuera de servicio y, años después, durante la pandemia de COVID-19. Pero hay una diferencia esta vez: el silencio no es absoluto.
Ahora se vive con el ruido persistente de las máquinas que cargan escombros y abren paso entre lo que quedó después del doble terremoto. Allí donde antes había conversaciones, música, vendedores y turistas, hoy se escucha el metal contra el cemento.
Es el sonido de una ciudad herida, que se resiste a perder la esperanza.

«Si uno ha pasado por tanto y Dios te deja con vida, no es para desperdiciar la oportunidad. Es para seguir echándole bolas, porque no queda de otra. Yo sé que la gente va a volver y mientras tanto uno resuelve. A mi me duele la playa, me duele mi gente, pero justo por ellos es que no pienso tirar la toalla», dice Elvira Marcano, una trabajadora playera, que hasta el 24 de junio vendía sus empanadas en un kiosco en el balneario de playa Los Corales en Caraballeda.
Elvira no se queja. Está viva y su casa en pie, aunque el negocio que le ha costado sangre, sudor y lágrimas, está comprometido. Pero no sabe lo que es quedarse de brazos cruzados. «Siempre he cocinado, entonces cuadre con unos rescatistas y les vendo sus almuerzos. Con otros que bajan temprano les llevo sus empanadas y así. Yo sé que nos vamos a levantar. Ojalá hagan las cosas bien», dice mientras señala el centro de disposición transitorio para los escombros, que se levanta justo al lado del balneario.
Y entre el polvo, el concreto fracturado y las estructuras que ya no volverán a levantarse como antes, cada quien comienza a construir otra historia.
La de una entidad, Vargas, que se levantó de un deslave y ahora enfrenta un doble terremoto.
Un pueblo que intenta resurgir mientras todavía cuenta a sus muertos, busca a sus desaparecidos, atiende a sus damnificados y aprende a convivir con el miedo. El mismo paisaje que hoy remueve el dolor de quienes sobrevivieron tendrá que convertirse, algún día, en el punto de partida de un nuevo capítulo.
«De esta nos levantamos».






