Un temblor destruyó la vivienda y los dos locales comerciales de Alejandro Senges en Playa Grande, La Guaira, dejándolo sin el patrimonio construido tras dos décadas de trabajo. Sobreviviente del deslave de 1999 cuando tenía 15 años, el educador de 42 se encontraba en el estacionamiento junto a su esposa al momento del sismo.
Por: Carleth Morales
En un minuto, Alejandro Javier Senges (42) perdió su casa familiar, la de su esposa Mayra Cristina, y el negocio al que habían dedicado dos décadas. Nació, creció y vivió en La Guaira toda su vida. En 1999 también fue víctima del deslave. Tenía la edad que ahora tiene su hijo Alejandro Gabriel: 15 años. Entonces, la casa de sus padres en Pariata se sostuvo. Este 24 de junio, la de Playa Grande, colapsó. «Se reseteó mi vida», nos cuenta.
Alejandro Javier es licenciado en Educación por la UCV, pero vivía del negocio de comida rápida que había montado con su esposa en el Parador Turístico Playa Chévere, donde hace 17 años pasaron de vender hamburguesas en la calle a tener un local. Con el tiempo, consiguió un segundo local y lo amplió a una pizzería, además, tenía una empresa de distribución de víveres para otros restaurantes, y dos empleados. «Fue un esfuerzo mancomunado de años, de trabajo fuerte y ahorro», recuerda con nostalgia y determinación. Los 20 dólares mensuales que gana un maestro en Venezuela no eran una opción si quería seguir viviendo dignamente en el país.
«Si íbamos a morir, que nos encontraran abrazados»
«Es un temblor, salgamos de aquí inmediatamente», le respondió a su esposa cuando ella le preguntó qué estaba ocurriendo. Eran las seis de la tarde. Iban justos de tiempo para abrir el restaurante, cuya clientela aumentaba en horario nocturno. Estaban en el tercer sótano del estacionamiento de su edificio y ella, del susto, abrió la puerta del vehículo para salir, pero él la sujetó del brazo.
«Comencé a notar una brisa extraña que levantaba hojas y polvo. Las tuberías empezaron a moverse. Entonces llegó un segundo movimiento, mucho más violento. El automóvil comenzó a desplazarse de un lado a otro y perdí el control. Se fue la luz. Cerré los ojos. Abracé a mi esposa. Estaba esperando que nos cayera el techo encima. Si íbamos a morir, que nos encontraran abrazados», narra. Cuando acabó de temblar, corrieron hacia la superficie y encontraron un escenario irreconocible.

«Gabriel. Hijo, ¿dónde estás?»
«Había gritos por todos lados, madres desorientadas buscando a sus hijos», cuenta. El edificio donde vivían estaba destruido y no sabían dónde estaba Alejandro Gabriel. Lo habían dejado haciendo la tarea con su abuela paterna en el edificio contiguo. Pero al ver la destrucción, temieron lo peor.
Lo buscaron entre los escombros y al cabo de, quizá, los diez minutos más largos de su vida, lo encontraron al otro lado de la piscina. La abuela no estaba con él. «Corrí a buscar a mi madre entre los restos del edificio. Durante unos minutos creí que había quedado sepultada. Preguntaba a los vecinos pero todos buscaban lo mismo que yo. En un momento la vi salir de entre los escobros. Tenía heridas y contusiones, pero estaba viva», rememora emocionado.
El escenario que Alejandro Javier describe es desgarrador: personas heridas y fallecidas, vecinos gritando que buscaban familiares, edificios destruidos… En medio del caos y las réplicas, recuerda haber encontrado a un bebé herido entre los escombros y haberlo llevado a un puesto de primeros auxilios. «Había más movimientos. Corríamos en distintas direcciones», hasta que cayó la noche y cientos de personas se quedaron a la intemperie. «Terminamos caminando hasta la casa de un vecino situada a varias calles. Allí nos refugiamos unas treinta personas. Algunos sentados, otros de pie, nadie dormía y, además, no había agua ni comida. Entonces decidí hacer algo», dijo.
Agua, hamburguesas y sopa
La casita que acogía a Alejandro Javier y su familia se convirtió en refugio improvisado. Personas desorientadas, desesperadas, desamparadas, acababan allí. Atrás había quedado la comodidad de su apartamento en el segundo piso… la piscina, el jacuzzi, el gimnasio, la sauna… Delante quedaba la vida, nada más y nada menos.
«Esa misma noche, caminé con mi esposa y mi hijo los tres kilómetros que había hasta mi local para buscar alimentos. En el trayecto vimos edificios caídos, incendios, heridos, gritos, cuerpos apilados… Parecía una guerra. Ahí supimos la magnitud. Cuando llegamos, nos dimos cuenta de que también habíamos perdido nuestra fuente de trabajo. Conseguimos sacar agua, refrescos y parte de los alimentos que teníamos almacenados. Regresamos con las bolsas que pudimos llevar y lo repartimos», recuerda.

Su madre le rogaba que no se separaran, pero él buscaba la manera de salir de allí. Sin que ella supiera, a la mañana siguiente regresó a su casa y, de la mitad que había quedado en pie, recuperó algunos documentos, un par de medicinas, unas pocas fotos y sus pasaportes. «Lo más importante», dice. Al día siguiente, el reto era sacar su vehículo, y en el camino algo lo detuvo.
En la calle, una mujer había hecho a leña una gran sopa. Recuerda que se acercó con un envase de plástico, hecho con una botella de refresco cortada por la mitad, y le pidió un poco. «Tome mijo, calme su hambre», le dijo la señora y él volvió a la casa para contarlo. «Vamos a ver si nos regalan un poquito», le dijo a su esposa, a su madre, a su hijo y a los vecinos que estaban en el refugio. «La señora, gustosamente, nos compartió su sopa y cuando nos dimos cuenta, éramos muchas más personas. Ella tampoco tenía casa, y eso me hizo reflexionar sobre cómo el venezolano, hasta en los peores momentos, es capaz de ayudar. Nunca sabré quién es, pero quiero decirle: Dios la bendiga».
Alejandro Javier se sentía responsable de resguardar la seguridad de su familia y de ayudar a los daminificados de su alrededor. La comida de los primeros tres días salió, en parte, de las provisiones que tenía destinadas a su negocio: pollo, carne, pan de hamburguesa, jamón, queso, salchichas. Reconoce y agradece el valor de quienes se adentraron en los escombros a rescatar sobrevivientes y buscar desaparecidos, y lamenta profundamente que la ayuda no llegara a tiempo.
Los primeros en llegar: los mexicanos
Para Alejandro Javier, su familia, sus vecinos, los vecinos de sus vecinos y, en realidad para todos, cualquier necesidad era un mundo. «Quería mandarle un mensaje a mi familia, me partía el alma no tener cómo decirle a mi papá y a mis hermanos que estábamos vivos, pero no teníamos conexión; quería ver las noticias, pero no teníamos luz, estábamos desorientados e incomunicados; quería bañarme pero no teníamos agua ni dónde hacerlo, y así estuvimos sucios como tres días; quería cocinar pero no había cocina, ni gas, solo leña; tenía que sacar el vehículo del estacionamiento para salir de allí, pero no había maquinarias», relata. En situaciones límite, es difícil definir las prioridades y tomar decisiones.
Cuando tocó mandar el mensaje, una persona le prestó Wifi. «Pude escribirle a mi hermano que está en Chile: ‘Estamos vivos. Alejandro Javier. Tu mamá’. Sabía que con eso se iban a quedar más tranquilos, no quería ni saber qué estaban viendo en las noticias», cuenta. Cuando tocó sacar el vehículo del estacionamiento, unas personas le prestaron sus manos. «Sin guantes, nos pusimos a quitar escombros. Yo los ayudé a sacar a sus familiares y ellos a despejar mi vía de salida. Las pocas máquinas que había eran privadas y costaban más de cincuenta dólares. Nunca hubo maquinaria del gobierno, ni tuvo la intención de disponerlas para buscar cuerpos. Eso no existió. Lo podemos ratificar miles de guaireños que estuvimos allí», relata con resignación.
La primera ayuda profesional que vio en su zona fue la de los rescatistas mexicanos. Ya habían pasado cuatro días. Alejandro Javier agradece a cada uno de los 280 militares del Batallón de Atención a Emergencias (BAE) del Ejército Mexicano que fueron a ayudarlos. «Después se fueron incorporando los españoles, los chinos, los iraníes, hubo de muchos países. Ninguno del ejército venezolano», afirma.
«Al final, siento que he ganado»
Con el vehículo en funcionamiento, él también pudo arrancar. Encontró un espacio provisional, que no tenía agua corriente ni otros servicios básicos, pero donde su familia podía dormir «tranquila». Regaló lo que había quedado de su apartamento, antes que los saqueadores se lo llevaran: Dos sofás, dos colchones, una lavadora, una secadora, cuatro sillas, una mesa, una cajonera, una mesilla de noche… «Dios los bendiga por ayudarme a bajar las cosas de mi apartamento, se los estoy obsequiando para que puedan darle una mejor utilidad», dejó grabado en un video por si la policía osaba quitárselo a los muchachos a quienes se lo había regalado.
Durante un mes ha estado reportando para varios medios internacionales lo que ha visto, y sufrido: el derrumbe de la escuela de su hijo, de su hospital, de la escuela de fútbol en la que además murió su directora, los bancos, el registro principal, los supermercados, las panaderías… Entrevistó a rescatistas y víctimas, cada historia superó en sufrimiento a la anterior. Hizo coberturas a la vez que recibió asistencia médica de Unicef, de la Cruz Roja Italiana y de la Unión Europea. Recibió donaciones de agua, alimentos, ropa, zapatos, medicamentos. Compartió con damnificados que duermen en carpas improvisadas y ahora forman parte del paisaje cotidiano de La Guaira. «Vivir aquí es incompatible con la dignidad. Pasarán décadas para que este estado pueda levantarse del desastre», murmura cabizbajo.
Alejandro Javier asegura que, para él, esta experiencia marca el fin de una etapa y el ecomienzo de otra. La define como un «reseteo» y, aun así, se siente afortunado. «La diferencia entre quedarse sin nada pero con la familia, cambia la manera de ver la vida», dice.
¿Qué le dirías a los venezolanos? ¿Qué le dirías al Alejandro Javier que sobrevivió al terremoto y se ve ante la necesidad de comenzar de nuevo? Le pregunté antes de cerrar la entrevista. Y me respondió: «A los venezolanos, que avancen, que sigan luchando por el cambio del sistema político en Venezuela. Y al Alejandro Javier que sobrevivió: gracias por arriesgarte. Eres muy valiente. Tenías miedo pero lo hiciste. Tomaste la mejor decisión».
Alejandro Javier no sabe cómo será su nueva vida, ni dónde. Lo que sí sabe es que está vivo y tiene a su familia. «Lo demás puede volver a construirse. Al final, siento que he ganado».






