Por Andrea Barrios
Barquisimeto.- El sol de la tarde barquisimetana cayó este 15 de julio sobre la antigua fachada del Cine Rialto, un patrimonio de casi 100 años que será destruido en su interior para dar paso a un estacionamiento de 42 puestos. Tal modificación fue aprobada por el Estado venezolano.
Este día, la tensión se apoderó del ambiente frente a una construcción que había pasado desapercibida tras los terremotos del 24 de junio. Un grupo de estudiantes y artistas, con libretas en mano, capturó en papel lo que los dueños, la empresa Prop-Intel, vinculada a los propietarios árabes de la cadena textil El Castillo, están por terminar de borrar definitivamente.
La actividad, denominada «Antes de los 42 puestos», fue concebida como un acto de resistencia frente a la demolición interna de un Bien de Interés Cultural venezolano.
La fachada del Cine Rialto como cicatriz
Johana Araque, arquitecta, diseñadora urbana y activista cultural, entrevistada por El Pitazo, mostraba su impotencia en la tonalidad de su voz. Cuestionaba el proyecto tan “ilógico" que el Instituto de Patrimonio Cultural (IPC) permitió a los dueños de la cadena textil: “¿De verdad, el patrimonio te vale 42 puestos de estacionamiento?", enfatizó resignada.
Para ella, el proyecto de «revitalización» es un juego de palabras para confundir a la ciudadanía; considera que lo aprobado por el IPC es una contradicción en sí misma.
«Estamos realizando esta actividad de registro de lo que queda del Cine Rialto, porque ya queda muy poco de lo que es el edificio patrimonial«, comenta al referirse a los vanos abiertos en la fachada para el acceso al estacionamiento, la misma parte de la estructura que el IPC, ente encargado de proteger el patrimonio venezolano, prometió conservar.
La intervención, que contempla la creación de un estacionamiento con capacidad para 42 vehículos, según resoluciones de la Alcaldía de Iribarren, y una cafetería de 70 metros cuadrados, de acuerdo con un comunicado del IPC, le resulta incomprensible. «Si dices que vas a conservar la fachada y abres dos vanos para estacionamiento, la estás alterando», sentencia Araque.

El performance de la desidia en Barquisimeto
Entre las opiniones consultadas, el ambiente frente al cine se llenaba de nostalgia y frustración. Betania Ventura, estudiante de artes plásticas, protestó con un performance titulado «Satura y desecho«, cargando sobre su cuerpo restos de ropa vieja que guardaba en su casa.
«Es lo que quiero decir: una satura, pero de desecho. ¿Qué estamos reparchando en el patrimonio?», se pregunta, mientras compara el maquillaje arquitectónico que se le aplica al Rialto con la acumulación de objetos inútiles en un hogar.
Construir destruyendo: un proyecto de bajo impacto urbano
La propuesta de convertir un espacio de 1.508 metros cuadrados en un estacionamiento le parece a Araque una falta de visión urbana. «Pudiste haber tenido aquí una joya turística, como hacen en otros países…Quieren construir destruyendo», sentenció.
La arquitecta no oculta su indignación al contrastar el valor histórico del edificio con el uso que se le pretende dar: «No les dio la cabeza para hacer algo en relación a la importancia del edificio; ¿pero un estacionamiento?… Me siento agredida».
La jornada avanzó entre trazos de grafito y el ruido de una ciudad y un país que parece haber olvidado cómo tratar sus hitos históricos. «De ellos no me espero nada», dice la arquitecta sobre el Estado venezolano, mientras los artistas siguen dibujando, conscientes de que, quizás, el papel sea el único lugar donde el Cine Rialto permanezca intacto.

El Cine Rialto: una pérdida patrimonial
La resistencia ciudadana ocurre en un escenario donde el valor histórico ha sido desplazado por el interés comercial. El Cine Rialto, inmueble que forma parte de la identidad arquitectónica de Barquisimeto, fue adquirido por los propietarios de la cadena de tiendas «El Castillo» por un monto de 460.000 dólares en 2021.
Esta transacción ha dado paso a un proyecto de demolición interna que, a pesar de las críticas de arquitectos y artistas, cuenta con la venia del IPC y la Alcaldía de Iribarren, dejando a la ciudadanía en una lucha solitaria por preservar lo que queda de su historia.


