En el centro de la encrucijada que vive Venezuela hoy, dos mujeres lideran narrativas políticas opuestas. No es un hecho menor ni anecdótico. Es el reflejo de un país partido entre la urgencia de cambiar y el poder que se aferra a sí mismo. Una representa la apuesta ciudadana por el voto, la organización y la transición democrática. La otra encarna la continuidad de un modelo autoritario que ha dejado una estela de represión, censura y crisis humanitaria.
Más allá de nombres propios, el momento exige una lectura ética: la crisis venezolana es, sobre todo, una crisis de dignidad humana. Y en medio de ella, las mujeres, madres, cuidadoras, defensoras, activistas han sido las que han sostenido la vida en lo cotidiano y han exigido con firmeza la reconstrucción de la democracia.
La lucha por los derechos de las mujeres en Venezuela ha sido profunda, concreta y vital. No es una ideología, es una respuesta urgente a una realidad injusta: mujeres que sostienen hogares sin ingresos, que enfrentan la violencia, que buscan alimentos y medicinas, que cruzan las fronteras para sobrevivir, que entierran a sus hijos sin justicia. Esto es y sigue siendo una emergencia humanitaria compleja que ha afectado de forma desproporcionada a las mujeres.
En Venezuela, no puede haber verdadera democracia si se mantiene la desigualdad estructural que somete a las mujeres, y no puede haber derechos plenos si se mantiene un sistema político que excluye, persigue y reprime. Ambas luchas están profundamente conectadas. Defender una sin la otra es renunciar a la raíz de la transformación.
Agenda Mujeres, Paz y Seguridad
En este contexto necesitamos una agenda que tenga la dignidad en el centro y atienda el rol de las mujeres y cómo, sin su participación activa y sustantiva, no hay paz sostenible ni justicia verdadera. Es también imperativo visibilizar y atender su afectación diferenciada en esta crisis. La Agenda Mujeres, Paz y Seguridad, adoptada por Naciones Unidas, señala estos dos elementos centrales y vigentes en nuestra coyuntura actual.
En Venezuela, esta agenda tiene rostro y voz: las mujeres son cuidadoras en la emergencia, lideresas comunitarias en zonas sin servicios, madres de presos políticos que siguen denunciando, hijas de víctimas que exigen justicia. Son ellas quienes, día a día, le han puesto cuerpo a la resistencia democrática.
Nos encontramos en el dilema entre la permanencia y la transición. María Corina Machado representa una propuesta hacia la reinstitucionalización, desde el voto y la movilización ciudadana. Su figura ha canalizado buena parte de la esperanza por una salida democrática, aunque también enfrenta los desafíos que implica liderar en contextos complejos.
Delcy Rodríguez simboliza la permanencia del poder. A pesar de esto, incluso los actores en el poder pueden, y deben, ser interpelados para abrir caminos hacia una transición pacífica y justa. La paz verdadera no excluye la responsabilidad ni la memoria. Pero tampoco puede construirse con puertas cerradas.
Así, que dos mujeres estén en el centro del poder político en Venezuela no debe confundirse con una participación plena y efectiva de las mujeres. Hay que recordar cómo las mujeres han sido instrumentalizadas en la estructura de control social y todavía son excluidas de los espacios reales de decisión. En la oposición, aunque hay rostros visibles, los retos de liderazgo de las mujeres persisten. La verdadera transformación será cuando las mujeres no solo representen libertad, sino también el cambio hacia una democracia con paridad y justicia.
Protagonistas
La verdadera paz no será el resultado de un acuerdo entre élites. Tampoco será la consecuencia de silencios forzados ni de imposiciones externas. La verdadera paz está en marcha ya, y tiene la voz de mujeres que, desde hace años, piden la libertad de sus hijos, hermanos y esposos.
Ellas no han estado en las mesas de negociación, pero han sido la conciencia del país. No tienen tribunas, pero tienen la legitimidad de quien ha resistido sin odio y ha exigido justicia sin violencia. Su clamor por la libertad es, hoy, el lenguaje más claro de la paz.
Pedir hoy la democratización del país no es un acto político-partidista, es un acto de paz. Es asumir que la única forma de honrar tanto dolor acumulado es reconstruir un país donde vivir no sea una condena, sino un derecho.Y en esa reconstrucción, las mujeres venezolanas no serán invitadas: serán protagonistas.
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