Dos meses después del doblete sísmico del 24 de junio, expertos advirtieron que el mayor riesgo para Venezuela no estaba únicamente en sus fallas geológicas. La vulnerabilidad también estaba en edificaciones antiguas, construcciones que no cumplían las normas, instituciones debilitadas, equipos de rescate insuficientes y un sistema sanitario que había perdido capacidades de preparación frente a desastres y que además enfrentaba carencias de todo tipo

Por: Mariangel Moro, Rosanna Batistelli, Nataly Angulo, Lorena Bornacelly y Kemberlyn Talero

Cuando Alejandro Velásquez llegó a Residencias Caribe, en Caraballeda, estado La Guaira, pasadas las 6:20 de la tarde del 24 de junio, ya no encontró el edificio que conocía.

Las torres donde vivían sus familiares habían colapsado. Los 12 pisos de concreto se habían convertido en una montaña de escombros, hierro retorcido y polvo.

Alejandro no esperó instrucciones. Comenzó a buscar. Durante 24 días permaneció entre los restos de la edificación junto a rescatistas, voluntarios, mineros y vecinos. Allí recuperó los cuerpos de 13 de sus familiares, sepultados tras el colapso de la residencia. También ayudó a otras familias a encontrar a sus seres queridos.

Dos meses después del doblete sísmico que había sacudido Venezuela el 24 de junio, el relato de Alejandro resumía una de las preguntas que había dejado aquella emergencia: ¿qué tan preparada estaba Venezuela para enfrentar otro desastre natural de gran magnitud?

Venezuela conoce desde hace décadas que está sobre un territorio sísmicamente activo. Cuenta con científicos especializados, mapas de fallas, instituciones creadas para el monitoreo y una normativa sismorresistente.

Pero el colapso simultáneo de los centros de salud y las horas de retraso en la llegada de los rescatistas dejaron al descubierto la falta de capacidad operativa del país. Aunque en el papel se eviten los diagnósticos tajantes, la falla generalizada del sistema durante la emergencia demostró que la respuesta ante una catástrofe sigue estando lejos de ser la adecuada.

Un país sobre una zona de alta amenaza

Venezuela se encuentra sobre una zona de interacción entre placas tectónicas y presenta un sistemas de fallas como Boconó, San Sebastián y El Pilar. A ellas se suman otras fallas con potencial sismogénico que atraviesan o se encuentran próximas a importantes centros poblados.

Para Feliciano De Santis, geólogo, profesor de la Universidad Central de Venezuela y presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, la amenaza sísmica venezolana no era nueva ni desconocida.

El especialista, consultado por El Pitazo, explicó que la zona de deformación tectónica no debía entenderse como una línea aislada, sino como una franja de aproximadamente 100 kilómetros de ancho donde se concentra buena parte de las principales ciudades del país.

Caracas, Valencia, Maracay, Barquisimeto, Barcelona, Carúpano, Cumaná, San Cristóbal, Mérida y otras ciudades importantes que están próximas a fuentes sismogénicas.

Los científicos, explicó De Santis, no pueden predecir cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí pueden estudiar el comportamiento de las fallas, estimar magnitudes máximas y establecer escenarios de amenaza.

El problema, por tanto, no comenzó con el movimiento del suelo. Comenzaba mucho antes.

«Tenemos una amenaza sísmica que no es de ahora; la historia da cuenta de ello, y que sencillamente hay que entenderla y traducirla a normativas para la construcción segura, que es lo que importa al final de este tema», sostuvo De Santis.

El terremoto del 24 de junio también dejó dejado nueva información científica. El especialista explicó que se produjo una activación brusca de una falla geológica, considerada hasta entonces una falla marginal del sistema de San Sebastián.

También ha quedado como línea de investigación el comportamiento de la ruptura submarina y el desplazamiento cosísmico que pudo haberse producido en el fondo marino.

Pero para De Santis, la gran lección no está solamente en descubrir nuevas características de las fallas. Está en reducir la vulnerabilidad.

«Sabemos que viene el sismo, sabemos su magnitud, sabemos cuáles son sus períodos de retorno», afirma. «Pero no tenemos, en general, conciencia de cómo construir para que no se sigan cayendo escuelas y hospitales».

La vulnerabilidad no era conocida, pero la amenaza sí

La existencia de una norma sismorresistente no garantiza por sí misma que todas las edificaciones fueran seguras.

La norma venezolana vigente es la COVENIN 1756-1:2019, que establece requisitos para el análisis, diseño y construcción de edificaciones en zonas sísmicas. Esta normativa contempla criterios relacionados con las características del suelo, los materiales, las cimentaciones, los sistemas estructurales y las condiciones de diseño.

Pero buena parte de las edificaciones venezolanas fueron construidas antes de que esta norma entrara en vigencia. Además, existe otra realidad: las construcciones informales y las modificaciones realizadas sin supervisión profesional.

Alfredo Urich, asesor del Colegio de Ingenieros de Venezuela en los estudios de habitabilidad realizados después de los terremotos, precisó que la normativa venezolana está en consonancia con estándares regionales e internacionales.

El problema, explicó, no necesariamente estuvo en la norma. También está en las edificaciones que habían sido construidas bajo normas anteriores, en las modificaciones posteriores y en la necesidad de evaluar cómo responden las estructuras durante el terremoto.

«No podemos culpar a la normativa porque la mayoría de los edificios afectados son edificios que no fueron construidos con esta normativa», indicó.

Más de 800 edificaciones resultaron afectadas en La Guaira, de las cuales 190 sufrieron colapso total, según datos oficiales. En Caracas, el Colegio de Ingenieros de Venezuela realizó 11.200 inspecciones técnicas que abarcaron unas 35.000 viviendas, donde habitaban aproximadamente 700.000 personas.

Los datos no significa que todas esas estructuras hubieran fallado por las mismas razones. Las inspecciones de habitabilidad tienen como objetivo determinar si las edificaciones representan un peligro para sus ocupantes y si pueden ser habitadas.

Determinar las causas de cada daño requiere investigaciones estructurales particulares. Sin embargo, los ingenieros han encontrado un patrón preocupante en construcciones antiguas.

Las edificaciones levantadas durante las décadas de 1950 y 1960 han presentado daños que iban desde fisuras hasta pérdidas de columnas y colapsos parciales.

Urich explicó que las modificaciones de una edificación también puede alterar su comportamiento frente a un terremoto. «Mover paredes, cambiar espacios internos, modificar elementos estructurales o realizar ampliaciones sin estudios técnicos puede afectar la respuesta de una estructura».

El suelo también puede decidir cuánto daño producía un terremoto

El comportamiento de una edificación no depende únicamente de sus columnas y vigas. También depende de dónde ha sido construida.

De Santis identifica entre los factores relevantes observados después del 24 de junio el tipo de suelo, los grandes espesores de materiales aluviales, la amplificación de las ondas sísmicas y, en determinadas condiciones, la degradación del suelo por licuación.

Los rellenos artificiales sin controles adecuados de compactación y humedad también pueden representar un problema. En zonas con grandes espesores de sedimentos, las ondas sísmicas podían amplificarse y producir efectos diferentes a los que ocurrirían sobre terrenos más rígidos.

Por eso, el especialista considera prioritario que las principales ciudades venezolanas contaran con estudios de microzonificación sísmica.

Esta información permitirá conocer con mayor precisión cómo puede comportarse el suelo en diferentes sectores de una misma ciudad.

«No se trataba solamente de saber que Caracas, La Guaira o Valencia estaban ubicadas en una zona sísmica. Se trataba de saber qué puede ocurrir en cada sector de esas ciudades», señaló.

La prevención que no llegaba a las comunidades

Para De Santis, Venezuela también enfrenta un problema de continuidad institucional. El país ha producido investigaciones, desarrollado normas y adquirido equipos. Sin embargo, la falta de continuidad puede hacer que los sistemas pierdan capacidad con el paso de los años.

La red sismológica y acelerográfica de FUNVISIS es un ejemplo de ello. Después de la tragedia de Vargas de 1999 había habido inversiones destinadas a fortalecer las redes de monitoreo. Pero dos décadas después, parte de esos equipos han entrado en obsolescencia e incluso algunos habían sido reportados como robados.

Los expertos sostenían que la tecnología cambia, los equipos requieren mantenimiento, las redes necesitan reposición, las investigaciones den continuar, las normas necesitan revisarse y los especialistas deben seguir formando a las nuevas generaciones.

«Esto es un trabajo que nunca termina», resume De Santis.

El mismo principio aplicaba a la población. Alejandro recordaba que, durante los años que ha vivido en La Guaira, nunca había participado en un simulacro de desastre natural promovido por el Estado. «En la escuela menos», relató.

La prevención, entonces, vuelve a aparecer como una cadena. No basta con conocer dónde estan las fallas. La información debe llegar a quienes diseñan y construyen edificios, pero también a las escuelas, comunidades, empresas y familias, afirmó De Santis.

Cuando llegó el desastre, comenzó otra carrera

El terremoto no termina cuando deja de moverse el suelo. Allí, más bien, comienza una carrera contra el tiempo. Las personas atrapadas bajo los escombros necesitaron ser localizadas, pero los equipos de rescate también necesitaron herramientas para hacerlo sin poner en riesgo a los propios funcionarios.

Jacobo Vidarte, comisionado de Gestión de Riesgos de la alcaldía de San Diego, Carabobo, considera que Venezuela tiene personal con experiencia y formación, pero enfrenta una importante brecha tecnológica.

El problema, sostuvo, está en la capacidad operativa disponible después de un evento de gran magnitud.
Entre los equipos que identifica como necesarios para una respuesta moderna estaban los geófonos de rescate, cámaras de búsqueda, boroscopios, sensores para detectar movimientos estructurales y otros instrumentos especializados.

«Un geófono puede detectar vibraciones y señales vitales debajo de los escombros incluso cuando una persona no puede responder a los llamados de los rescatistas», explicó.

Sin estos instrumentos, una parte de la búsqueda dependió de métodos mucho más limitados.

Vidarte advierte, además, que un equipo de rescate no necesita solamente hombres entrenados. Necesita transporte, alimentación, agua, protección, herramientas, comunicaciones, equipos médicos y autonomía logística.

También afirmó que la experiencia humana no sustituía la tecnología.

Por su parte, Antonio Rivero, general retirado y exdirector nacional de Protección Civil, precisó que el país arrastra desde hace años problemas de dotación, modernización y preparación.

Según su relato, un proyecto de modernización de Protección Civil planteado en 2005, con una inversión estimada en 500 millones de dólares, no llegó a concretarse.

«Cuando yo salí en 2008, había alrededor de 45 % de operatividad. No estábamos al 100 %. Pero, en lugar de crecer, se estancó. Y había planes de crecimiento, proyectos de adquisición de equipos y adiestramiento para la Fuerza Armada y para la población. Una población preparada para rescatar víctimas reduce considerablemente las consecuencias trágicas», subrayó.

Rivero también indicó que la operatividad de los organismos de Protección Civil durante las primeras horas posteriores a los terremotos del 24 de junio estuvo muy por debajo de la capacidad necesaria para un evento de esa magnitud.

La afirmación apunta a una dimensión fundamental del desastre: la primera respuesta

Para De Santis, fortalecer el sistema de rescate es indispensable, pero el objetivo final debe ser otro: reducir tanto la vulnerabilidad de las edificaciones que Protección Civil tuviera menos edificios colapsados que rescatar.

Hospitales: la segunda emergencia

Si los rescatistas enfrentaron la carrera por encontrar sobrevivientes, los hospitales enfrentaron otra: atender a los heridos sin colapsar ellos mismos.

Daniel Lizcano, presidente del Colegio de Enfermeros del Táchira, indicó que Venezuela ha perdido programas de preparación que durante años habían permitido entrenar al personal sanitario para responder ante desastres.

Uno de ellos fue el programa de Hospitales Seguros Frente a los Desastres, impulsado por la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud.

Este evaluaba los centros asistenciales en tres dimensiones: la primera era estructural y representaba 50 % de la evaluación; la segunda correspondía a elementos no estructurales, como paredes, ventanas, instalaciones de oxígeno y otros componentes, con 30 %. El 20 % restante evaluaba la capacidad operativa del establecimiento.

«En esos talleres se hablaba sobre las atenciones en situaciones de desastre, el personal recibía la información, levantábamos carpas y hacíamos los ejercicios, entonces teníamos el conocimiento para cualquier emergencia», explicó

El objetivo es determinar no solamente si un hospital puede mantenerse en pie, sino si puede continuar funcionando después de un desastre.

Lizcano indicó que ese programa ha dejado de aplicarse y reclama su recuperación. También recuerda capacitaciones dirigidas al personal sanitario en gestión de riesgos, atención de emergencias y búsqueda y rescate.

«Es imperativo recuperar el programa de Hospitales Seguros Frente a los Desastres», indicó el enfermero.

Para los especiales, la ausencia de entrenamiento continuo se vuelve especialmente relevante cuando el sistema hospitalario ya enfrentaba dificultades durante una jornada normal.

La Federación Médica Venezolana ya había advertido sobre el deterioro y desabastecimiento de los hospitales, mientras especialistas consultados durante la emergencia, señalando que la precariedad previa del sistema sanitario aumentó las dificultades para atender una catástrofe.

Asimismo , los especialistas indican que los terremotos no solo dejan heridos y fallecidos. También dejan hospitales dañados, interrupciones de servicios de agua y electricidad, afectan las comunicaciones, aumentando además, simultáneamente la demanda de atención médica

El problema no era solo el terremoto

Los expertos coinciden en que Venezuela tienen científicos que estudian sus fallas, mapas, normas, expertos en obras civiles, rescatistas, médicos y enfermeros. El problema está en la continuidad de su formación y capacitación, en la dotación y en la capacidad de respuesta.

Las recomendaciones

Los especialistas consultados advierten que hay varias medidas para aplicarse. Una de ellas es establecer programas permanentes de evaluación y reforzamiento estructural, con prioridad para hospitales, escuelas y otras infraestructuras críticas.

También plantean mejorar la supervisión de las construcciones y garantizar que las modificaciones de las edificaciones contaran con estudios profesionales.

En el ámbito científico, se requiere mantener las redes de monitoreo, renovar equipos, continuar las investigaciones y desarrollar estudios de microzonificación sísmica para las principales ciudades.

En materia de rescate, se necesita recuperar capacidad operativa, equipos especializados y autonomía logística. Mientras que, en salud, se necesita retomar programas de hospitales seguros y capacitación permanente del personal sanitario, además de la dotación.

Los expertos afirman que la prevención no puede activarse solamente después de que ocurriera un terremoto. «La clave está en evitar que tengamos que recoger edificios del piso», expresó De Santis.