Por: David Uzcátegui D’Lima
Ya hemos planteado una premisa ineludible: la inacción política frente al atropello sistemático se convierte en complicidad. Hoy, tras profundizar en la cruda realidad de las políticas migratorias de la administración Trump y su manejo de la crisis venezolana, esa premisa deja de ser una tesis de debate para convertirse en un imperativo moral. La campaña masiva de opinión y movilización en favor del voto de castigo es la única respuesta cívica y libertaria posible ante la infamia.
Ningún venezolano con ciudadanía estadounidense, ni ningún latino que respete los principios fundamentales de la libertad y el debido proceso, puede cruzar de brazos ni otorgar un cheque en blanco electoral a los candidatos republicanos que han avalado o guardado silencio cómplice ante este enjuague de crueldad y despojo.
La maquinaria de la crueldad: De la Ley de 1798 a las mazmorras de Cecot
Lo que estamos presenciando no es una mera «política de control fronterizo», sino una agresión deshumanizadora que utiliza herramientas de guerra obsoletas contra civiles inocentes. Para justificar deportaciones exprés masivas y violar el debido proceso, la administración Trump desempolvó la vetusta Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, un estatuto bélico que no se aplicaba desde la Segunda Guerra Mundial.
Bajo esta sombra jurídica, el aparato del ICE se ha transformado en una maquinaria ciega que no distingue entre criminales empedernidos y solicitantes de asilo, opositores perseguidos y familias trabajadoras. La cúspide de esta barbarie se concretó cuando decenas de migrantes venezolanos —con órdenes de protección vigentes y en flagrante desacato a los tribunales federales de Estados Unidos— fueron deportados sumariamente a la notoria prisión de máxima seguridad Cecot en El Salvador.
Testimonios recabados por organizaciones de derechos humanos revelan el infierno de esos centros: torturas sistemáticas, aislamientos extremos y amenazas directas de los carceleros (“Aquí solo saldrán en una bolsa negra"). Es indignante y desgarrador que compatriotas que huyeron de la tiranía en Venezuela para buscar refugio en la tierra de la libertad hayan terminado convertidos en rehenes de negociaciones oscuras, sufriendo vejaciones en celdas extranjeras mientras la justicia estadounidense es burlada por el Ejecutivo.
El fondo del abismo: El botín petrolero y el pacto turbio
Detrás de esta fachada de seguridad nacional se esconde una verdad cínica y mercantilista. La política exterior de esta administración hacia Venezuela nunca ha estado guiada por la libertad de nuestro pueblo, sino por el cálculo geopolítico y el reparto de intereses. Mientras el aparato represivo persigue y encarcela a los migrantes venezolanos en suelo estadounidense, los hilos invisibles del poder tejen pactos turbios con la dictadura y sus tutelados para apropiarse y repartirse un jugoso porcentaje de nuestras reservas petroleras.
Se trata de un modelo transaccional donde la sangre y el sufrimiento de los venezolanos son la moneda de cambio en una mesa de negociación corrupta. La política exterior norteamericana ha renunciado a la ética y a la decencia republicana para convertirse en un ejercicio de cinismo corporativo y geopolítica de chequera.
El llamado a la diáspora: la empatía como arma cívica
Es hora de interpelar de manera directa y fraterna a nuestra propia comunidad. Hacemos un llamado urgente a los venezolanos que ostentan el derecho al voto en Estados Unidos: no podemos ser indiferentes ante el calvario de nuestros compatriotas.
Quien posee un pasaporte estadounidense y ejerce sufragio tiene una responsabilidad histórica con aquellos que hoy están condenados a sufrir las consecuencias de este acuerdo cruel y corrupto. Mirar hacia otro lado, minimizar la persecución o justificar el atropello bajo la falsa premisa de que «a mí no me afecta» es una traición a la memoria de la patria que dejamos atrás y una bofetada a la solidaridad elemental.
El Voto de Castigo como Causa Libertaria
Por ello, la movilización que exigimos debe trascender las fronteras de nuestra comunidad para sumar a todos los latinos en una gran causa libertaria. Exigir el retorno de la decencia, la legalidad y la ética a la política exterior de Estados Unidos —especialmente en lo que concierne a Venezuela y al cese del saqueo petrolero compartido con el régimen— pasa inexorablemente por la fuerza de las urnas.
En las próximas elecciones, cada venezolano con ciudadanía y cada latino consciente debe ejercer un voto de castigo implacable. Castigar en las urnas a los congresistas y candidatos republicanos que aplaudieron este atropello, que minimizaron el sufrimiento en la CECOT y que respaldaron los pactos petroleros de espaldas a la libertad.
Demostremos que nuestra ciudadanía no es maleable ni se arrodilla ante el chantaje del miedo. El voto es nuestra trinchera más sagrada; utilicémoslo para recordarles a los políticos que la dignidad de los venezolanos y de los latinoamericanos no se negocia, no se subasta y, sobre todo, no se pisotea impunemente.



