«No me acuerdo, doctor»: el impacto del diagnóstico y la lucha por sobrevivir al cáncer de mama en Venezuela

Tras despedir a su hijo debido a la crisis, la enfermera Maritza Moreno enfrentó una dura realidad que borró temporalmente sus recuerdos. Una década después, su historia refleja el drama de miles de pacientes que dependen de la solidaridad y el trueque de fármacos para ganarle la batalla a la escasez hospitalaria.

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Maritza Moreno, una enfermera del sector público en el estado Bolívar, sintió que algo dentro de ella se derrumbó cuando recibió el diagnóstico de cáncer de mama. Era 2016 y había pasado solo una semana desde que había despedido a su hijo que partió al extranjero empujado por la dura crisis económica de Venezuela.

«En lo primero que pensé fue en la muerte», dijo Maritza, quien tiene 61 años y es presidenta del Colegio de Enfermería de Ciudad Guayana. Inmediatamente después del diagnóstico, otra realidad la golpeó: la escasez de medicamentos en el país.

Contó que algunas medicinas las compraron ella y su familia, y otras las obtuvo en las farmacias de alto costo de la red pública. «Todo es muy costoso. En la parte privada, unas 20 sesiones de radioterapia están por encima de los 3.000 dólares», relató.

Una década después, el panorama en 2026 no es muy distinto al que Maritza enfrentó hace 10 años. Ella todavía pertenece a grupos de apoyo para pacientes oncológicos y es testigo de cómo las personas canjean los medicamentos para poder completar las sesiones de quimioterapias. Por ejemplo, quienes solo tienen dos de las cinco medicinas que necesitan, hacen trueques con otros que tengan su sesión completa.

En silencio y negación

Maritza enfrentó el cáncer con el apoyo de su familia, pero antes del diagnóstico, cuando una molestia en el seno la perturbaba, permaneció en silencio y en negación. No quería enterarse.

En 2016, después de dejar a su hijo en el aeropuerto y encaminarlo hacia un mejor futuro fuera del país, tomó la decisión de ir a hacerse una mamografía. Lo primero que notó fue que le repitieron el estudio tres veces.

—¿Qué está pasando? —preguntó.
—Tiene algo raro, y no me gusta —le respondió la técnico radióloga.

La remitió con otro especialista. «Cuando el médico vio el estudio, me preguntó que si yo quería que él me corroborara lo que ya yo sabía. Me dijo que tenía cáncer de mama», contó Maritza y recuerda que el doctor la abrazó y ella se nubló por completo. Su mente quedó en blanco.

—¿Cómo se llaman tus hijos? —le preguntó el médico.
—No me acuerdo, doctor —le dijo.

Luego el especialista le preguntó por su lugar de trabajo y ella respondió, pero seguía sin recordar quiénes eran sus hijos. Estaba en shock. Le tomaron la muestra para la biopsia y ella salió del consultorio. Dijo que en el camino se encontró con personas y las saludó, pero hoy no recuerda quiénes eran. Tres días después llegó el resultado confirmatorio. Era un cáncer grado 4.

Maritza enfrentó el diagnóstico, el tratamiento y una cirugía sin contarle a su hijo, a quien había dejado en aquella sala de espera del aeropuerto con lágrimas en los ojos. Quería que él se quedara con la imagen de una madre fuerte y sana.

Pero un diciembre, después de evitar usar la cámara varias veces en las videollamadas, él le preguntó.

—Mamá, dime la verdad, ¿qué tienes?
—Ay, hijo, voy a abrir la cámara para que me veas.

Y los dos se derrumbaron, tal como le ocurrió a Maritza en aquel consultorio en el que su mente parece haberse vaciado.

Hoy en día, Maritza monitorea su salud con chequeos anuales. Cada vez que se enfrenta a los exámenes, el miedo la invade, pero trabaja a diario para vencer ese temor.

En paralelo, lidera las protestas laborales del gremio en el estado Bolívar para denunciar la escasez de insumos y las muertes en los hospitales. Así, se mantiene como una voz firme para quienes, al igual que ella, desafían un diagnóstico oncológico en un país donde escasean tanto los tratamientos como las esperanzas de vida.

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