Hay hombres que prefieren romperse antes que doblarse. En la Venezuela de hoy, donde el silencio es la moneda de cambio para sobrevivir, el capitán de la Guardia Nacional Bolivariana, Juan Carlos Caguaripano Scott (53 años), eligió el camino más largo y espinoso: quedarse firme al lado de sus principios.
Quienes lo conocen no hablan de él como un militar de escritorio; hablan de un hombre honesto y recto que en 2017 intentó lo que consideraba su deber a través de la «Operación David»: restaurar el hilo constitucional en un momento de profunda crisis nacional.
Pero su postura trajo consecuencias para su libertad y su integridad física. Cinco días después de la toma del Fuerte Paramacay, en el estado Carabobo, la traición de un coronel en el exilio le cortó el paso. Desde entonces, el capitán Caguaripano dejó de ser un nombre en las noticias y pasó a un aislamiento en prisión.
Su reclusión actual es en una celda de 2 por 2 metros en El Rodeo I. Allí pasa hasta 23 horas al día junto a una letrina. En este espacio además consume sus alimentos.
El 19 de diciembre de 2025 recibió una sentencia condenatoria a la pena máxima de 30 años. El 26 de agosto de 2026, tras una audiencia telemática que comenzó con cinco horas de retraso, la Corte de Apelaciones abrió una ventana estrecha: diez días hábiles para decidir si ratifican, modifican o anulan esa condena de tres décadas.
Al otro lado del teléfono, en un exilio que duele a diario, habla Irene Olazo Mariné desde Costa Rica. Ella es su esposa, fisioterapeuta de profesión y la mujer que aprendió a la fuerza que esperar también es una forma de tortura.
Cuando detuvieron al capitán, muy pocos quisieron darle la mano por temor a represalias. Al verse sola, se estudió las leyes venezolanas para entender el expediente de su esposo y defender sus derechos. Frente a la decisión que hoy está en manos de los magistrados, Irene suspira.
«Después de nueve años uno aprende a tener cuidado con las expectativas, porque esperar también duele. Quiero permitirme tener esperanza y como familia la tenemos, pero nuestras expectativas no están puestas en el poder judicial, sino en Dios. Nos preguntamos si finalmente alguien va a mirar lo ocurrido con Juan Carlos y con los otros 23 detenidos del caso Operación David, conocido como Paramacay, y van a decir: esto no puede seguir así».
A este grupo de hombres se les violaron los derechos más básicos, asegura Irene. Por eso, su voz no tiembla al exigir lo que pocos se atreven: «Yo espero que los magistrados tengan la valentía que no han tenido los jueces. Que dejen de esperar una orden de arriba. Estos 24 hombres son seres humanos».

más buscados tras denunciar públicamente al gobierno. En agosto de 2017, reapareció para liderar la toma al Fuerte
Paramacay, siendo capturado días después l Foto Fuente Familiar
El ensañamiento
Para Irene, las violaciones al debido proceso comenzaron cuando el capitán Caguaripano fue arrestado por la policía del municipio Sucre del estado Miranda y entregado a la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Al presentarlo ante los tribunales, el ensañamiento era evidente: su cuerpo estaba destrozado por las torturas.
Fue sometido a 40 días de desaparición forzosa, mientras los organismos de seguridad daban falsas declaraciones de fe de vida y amedrentaban a Irene para callarla.
«Casi 100 días después nos permitieron la primera visita en el Sebin. Jamás hubo privacidad; cada conversación era grabada bajo la custodia de la Dgcim, sin el más mínimo respeto».
Tras las torturas iniciales que incluyeron descargas eléctricas, asfixia y el desprendimiento de los testículos, al capitán se le negó asistencia médica.
En un video que logró filtrarse en su momento, el militar solicitó atención urgente porque estaba orinando sangre. A pesar de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) otorgó una medida cautelar en 2018 que obligaba al Estado venezolano a proteger su integridad física, la orden fue engavetada.
Años más tarde, la familia supo que el capitán tuvo que ser operado de un varicocele «por un médico del sistema», dentro de las celdas de «La Tumba», una prisión subterránea secreta del Sebin. Hoy la familia ignora su estado de salud.
Los dedos que ya no pueden escribir
Irene considera que el aislamiento en El Rodeo I busca quebrar al capitán y desaparecerlo del mapa afectivo de los suyos. Ella lleva dos años sin escuchar la voz de su esposo. No hay llamadas ni cartas.
El único puente físico con el mundo exterior lo tiene con su padre, un adulto mayor que viaja mensualmente desde Puerto La Cruz hasta Miranda. Su madre está postrada en cama y el resto de la familia vive en el exilio. En la cárcel su padre lo ve a través de un vidrio, sin derecho a un abrazo. En esos minutos frente al cristal, el capitán se traga el dolor y calla sus dolencias para no angustiar a un anciano que hace milagros para visitarlo.
Días después de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores por fuerzas militares de EE. UU., el pasado 3 de enero, sus abogados también lograron visitarlo tras sortear múltiples trabas. Durante el encuentro, el capitán intentó tomar un lápiz para dejarle una nota a su papá, pero los dedos no le respondieron. «Disculpen, he perdido la habilidad para escribir», confesó.
Esos dedos no olvidaron cómo escribir por el paso del tiempo, se lo impidieron a golpes. Durante los primeros días de su captura, los funcionarios de la Dgcim le trituraron las manos y los pies, afirma Irene. Lo golpearon con ladrillos y objetos pesados, le fracturaron las costillas y el pómulo derecho, y lo arrastraron por caminos pedregosos. Por eso, el capitán orinaba sangre.
Su defensa solicitó el sobreseimiento de la causa amparándose en la Ley de Amnistía aprobada en 2026. Sin embargo, el juez Luis Francisco Valle Landaeta rechazó la solicitud y mantuvo abierto el proceso por los delitos que se le imputan, entre ellos rebelión y traición a la patria.
Hace unos días, el ministro de Interior, Diosdado Cabello habló sobre Caguaripano e involucró al exalcalde Carlos Ocariz en el caso. Irene prefirió no emitir un juicio sobre si Carlos Ocariz, entonces alcalde del municipio Sucre, estuvo al tanto de la captura de Caguaripano antes de su entrega a la Dgcim. Al señalar que carece de pruebas para afirmar o negar esa versión, sostuvo que el esclarecimiento de los hechos deberá realizarse una vez que su esposo sea liberado.
“Sobre la posible participación o conocimiento de terceros en la captura de Juan Carlos, no puedo afirmar ni desmentir ninguna hipótesis porque no tengo pruebas para hacerlo. No me corresponde hacer señalamientos ni juicios de valor sin elementos que los sustenten. Mi responsabilidad ha sido defender a mi esposo, velar por su integridad y proteger a mi hija. La verdad sobre lo ocurrido tendrá que ser esclarecida por la justicia. Yo esperaré que sea la justicia, y en última instancia la justicia de Dios, quien determine la verdad y las responsabilidades que correspondan".
Elegir el amor en medio del acoso
Entre 2014 y 2017, antes de su captura, el capitán vivió en la clandestinidad como uno de los hombres más buscados del país, tras su baja militar por manifestarse contra el gobierno.
Para Irene y su pequeña hija, esos tres años fueron de constante hostigamiento: patrullas frente a su vivienda, allanamientos familiares y el miedo de salir a la calle. Incluso, la niña sufrió tres intentos de secuestro.
«Un matrimonio en estas condiciones se mantiene por una decisión diaria de seguir eligiendo a la otra persona. Aprendí que el amor también existe en la ausencia. A veces no tienes una llamada ni una carta, pero sigues hablando con esa persona en tu corazón, imaginando su día a día», dice Irene con firmeza.
La última vez que escuchó la voz de su esposo fue en marzo de 2024, justo antes de su traslado a El Rodeo I. Fue una llamada breve en la que el capitán le pedía buscar una pequeña cerbatana que él había fabricado en su celda como regalo para Samantha Nazareth. Sin embargo, las autoridades se la quitaron antes de ser entregada. Era el último recuerdo físico que intentaba enviar a pesar de la distancia.
El exilio es levantar los pedazos
A Irene se le quiebra la voz al hablar del exilio: «Se me aguó el guarapo», dice, mientras el llanto interrumpe el relato. «Yo no solo salí de Venezuela por persecución. A mí me retuvieron a la fuerza y me maltrataron».
Ocurrió en enero de 2018, tras acudir a la morgue de Bello Monte a acompañar a los familiares de los jóvenes fallecidos junto a Óscar Pérez en El Junquito. Allí fue interceptada, agredida y «amenazada con descuartizar a mi hija, de apenas cuatro años». Al ser liberada, y de mutuo acuerdo con su esposo, tomó la decisión: o cruzaba la frontera o terminaba en prisión o sin vida.
Huyó de noche y a escondidas. Dejó su teléfono sobre la mesa para evitar el rastreo satelital. Cruzó hacia Colombia sin despedirse de sus padres, con los bolsillos vacíos y cargando a una niña aterrada. De allí saltó a Costa Rica.
«Reconstruir una vida en el exilio no significa empezar de cero, significa empezar con una vida que ya fue rota y tratar de volver a levantarla, mientras una parte tuya queda atrapada en Venezuela. Criar a una hija en un país ajeno, sin apoyo familiar y enfrentando una pandemia en soledad, ha sido una carga enorme. Pero el verdadero dolor es el vacío que se siente a la mesa», explica Irene entre lágrimas.

Irene vuelve a llorar por un dolor que no sana. Piensa en los cumpleaños solitarios, en los actos escolares donde falta un abrazo y en las decisiones grandes donde debió estar el capitán. Su hija ha lidiado con fuertes crisis de ansiedad y con una pregunta constante: ¿Por qué, si su padre está vivo y no la abandonó, no puede estar con ella?
«Mi hija ha tenido que enfrentar un duelo teniendo a un padre vivo. Es duro tener que mantenerme firme para que ella no se quiebre, mientras lidio con maestros, psicólogos y médicos».
Cuando el capitán pasó a la clandestinidad en 2014, Samantha Nazareth tenía cuatro meses de nacida. Durante sus primeros años, su papá fue un rostro en fotografías y en las historias que Irene le contaba cada noche para recordarle que un hombre la amaba a la distancia.
El primer encuentro físico ocurrió cuando la niña tenía tres años. No fue en un parque, sino en «La Tumba». Una semana después, Samantha Nazareth cumplió cuatro años.
«Ella escucha que su padre es un héroe, pero ella no quiere un héroe, quiere a un padre. Siempre he intentado decirle la verdad adaptada a su edad. En un momento, jugué con ella a La Vida es Bella, como en la película», confiesa Irene.
En el colegio, cuando otros niños hablan de sus papás, el silencio de Samantha se vuelve doloroso. Hoy, a sus 12 años, la niña es una músico destacada que toca el violonchelo y el oboe, y traza su propio camino.
Letras contra el olvido
El libro, «Te soñé libre», escrito por Irene en Costa Rica, nació sin pretensiones comerciales, sino como una terapia interna, una necesidad de vaciar el dolor acumulado y contarle al mundo lo que significa ser la esposa, la madre y el familiar de un preso político.
«Yo no quería que la historia de Juan quedara escrita por quienes lo encarcelaron y lo torturaron. Quería que mi hija lo lea y conozca el verdadero rostro de su padre, lo que defendió, y sepa que su madre nunca se rindió. Mantener su legado en estas páginas es nuestra forma de resistencia y resiliencia, recordar que detrás de ese uniforme hay un ser humano, un esposo y un papá».

Al final de la conversación, el tono de Irene se desvanece por completo. Queda solo la esposa, la mujer que con el corazón en la mano le habla al hombre aislado en una celda, esperando que estas palabras logren romper los muros y llegar a sus oídos.
«Juan, negrito, quiero que sepas que nunca has estado solo. Sé que han sido nueve años de dolor, de aislamiento e incertidumbre, pero quiero que recuerdes algo: tu familia afuera sigue luchando por ti. Yo sigo aquí. Samantha Nazareth sigue esperando por ti, y tu familia nunca dejará de esperarte. Y quiero decirte algo que es lo más importante: No te rindas, negrito. No sé cuánto más tendremos que esperar, pero doce años de persecución y nueve de prisión no han podido rompernos. No pudo la distancia, no pudo el aislamiento y no pudo el miedo. Seguimos creyendo que vas a volver. Quiero que cierres los ojos y recuerdes algo sencillo: aquí hay una casa, una hija y un hogar que te están esperando».


