Por: Alfredo Alvarez.
El cuento va de esta manera. Enrique Ferreira, un médico brillante, hombre solidario y gentil, además amigo personal, es un activo militante de Vente Venezuela, el partido que fundó María Corina Machado para rescatar la democracia. Me había invitado a acompañarlo en una gira política por la parte alta del estado Lara, en el municipio Morán, más precisamente a Humocaro. Nos levantamos temprano, ajustamos agendas y a las siete de la mañana ya estábamos más que activos. La idea era reunirnos con los productores de la zona, muy maltratados y desestimados por una centena de gobiernos.
Pasamos El Tocuyo y en el teléfono de Ferreira llegó la contraorden: devolvernos y cancelar la agenda con los productores de la parte alta de Morán. Bastó invocar un saludo a los productores en la represa de Dos Cerritos como obligada excusa y organizar el regreso a Barquisimeto. El giro dominical trastocaba la compleja agenda del día. No había certeza sobre lo que ocurría, pero en cada uno de nosotros la esperanza encontraba buenas razones para un cambio de tal magnitud. A las once en punto de la mañana, con puntualidad británica, en la plaza de Santa Rosa, Henry Alvíarez, el hombre que mueve la organización de Vente, impartía instrucciones a sus correligionarios sobre las pautas de conducta más convenientes dentro de la iglesia: fuera las franelas de rigor, discreción en la beligerancia verbal y, sobre todo, calma y sosiego.
Lo miré al fondo del alma y le repregunté.
—¿Llegó María Corina?
Henry respondió con una sonrisa contenida, dibujada además por las muchas horas sin dormir. No hubo confirmación inmediata, pero la gestualidad que acompañaba su silencio lo decía todo. Algo no me cuadraba: se suspende una agenda con un sector fundamental de la vida regional y, en cambio, nos convocan a misa de domingo en Santa Rosa. Henry sonrió de nuevo, como quien vende al contado, y me dijo: «Todavía no. Después de la misa, al mediodía, habrá un anuncio más concreto». Lo abracé con el afecto de los viejos amigos y le dije que estaba bien. Quedamos así.
Llamé a Milagros, mi mujer, para confirmarle la primicia que ya rodaba por las redes sociales desde hacía un rato prolongado. Para mi fortuna, gracias a los años de reportear entre el complejo ecosistema de nuestros políticos tropicales, se me hace fácil entender de qué se trata cuando se habla en albur. La noticia, tan ansiosamente perfilada por toda la angustia nacional, estaba confirmada: María Corina Machado Parisca, la líder de la oposición venezolana y Premio Nobel de la Paz, había vuelto a pisar suelo venezolano este domingo 25 de octubre, casi diez meses después de salir del país. Cómo, por dónde y a qué hora cruzó, ni ella ni su equipo lo han precisado. Los detalles de la operación serán, seguramente, parte de ese registro histórico que construimos a diario.
La obediente militancia se ubicó en la nave central de la iglesia de Santa Rosa, mientras corría, sin prisa y con letargo perezoso, el rosario previo a la misa. Pero con la súbita presencia de la señora Machado, ya cercano el mediodía, el recinto sagrado desbordó sin mesura toda norma y recomendación previa. En un tris se revirtió el orden convenido en la plaza unos minutos antes. Aplausos y vivas se mezclaban con la oración que daba gracias a Dios por lo acontecido; el ruido se impuso sin esfuerzo a la orden de respetar la santidad del lugar.
Un sólido muro de manos alzadas, con los celulares encendidos, se disputaba con la suprema fuerza de los convencidos el derecho a dar cuenta, registro y detalle de lo que ocurría ante sus ojos. No bastaba con verlo y contarlo a posteriori: cada brazo en alto quería para sí un testimonio particular, privado, íntimo, propio, de lo que sucedía ante los ojos de Dios y de la Divina Pastora. La Machado sonreía y saludaba a cada rostro conocido, besó a una niña que saltaba de gozo en un banco de la iglesia y abrazó con calma a una anciana que le entregó su rosario. En su gesto, a pesar del caos y de los empujones, no había espacio para el sobresalto ni la duda.
Era más que obvio que, con una liturgia accidentada, se decretaba el inicio firme y esclarecido de la reconquista de la libertad ciudadana. Mi lectura, apresurada, es que el teléfono permite convertir muy rápido una experiencia en tres cosas distintas: recuerdo, mensaje y testimonio. El problema no está en registrar, sino en que el registro termine sustituyendo el propósito del encuentro. Es vital dejar constancia de que yo estuve allí. La gente graba porque no quiere que la experiencia muera en el instante de vivirla: busca conservarla, compartirla, demostrar que ocurrió. Y las redes añaden una audiencia anticipada, de modo que quien graba ya imagina cómo lo mostrará y qué reacción provocará.
No toda grabación es exhibicionismo; preservar un recuerdo o documentar un abuso son fines distintos y legítimos. Pero algo cambia cuando dejamos de ser solamente testigos de lo que ocurre y pasamos a ser productores de su representación. La tensión aparece cuando importa más tener algo que mostrar que atender a lo que estamos viviendo.
María Corina avanzó por la nave central, determinada como es habitual en ella, en medio de un caótico y feroz tumulto de abrazos y besos, protegida por sus fieros guardaespaldas. Manos ansiosas buscaban su confirmación: cada quien necesitaba validar con un toque furtivo que ella era, en efecto, la presencia por la cual se aguardaba. Urgía una caricia, esa proximidad apresurada y casi siempre violenta, para dar fe de que la mujer que ordenaría el caos que nos gobierna había llegado a hacerse cargo de una sociedad muy imprecisa; de una política ayuna de talento y de coraje; de un orden necesario, ese que no da tregua a la improvisación ni al gesto conocido.
El informal anuncio en las redes movilizó hasta Santa Rosa a un sustantivo grupo de personas. Una familia de San Cristóbal, los Useche Rodríguez, daba gracias a Dios y a la Divina Pastora por permitirles ser testigos de tan maravillosa circunstancia: visitaban el Santuario y regresarían más que satisfechos a su tierra por haber presenciado un evento como este. Un empresario local, de la actividad metalmecánica, previendo el caos automotor, llegó en una moto que contrató para no perderse esta maravilla de la política. Al momento de dar la paz en la liturgia, conmovido, me abrazó para expresar su profunda satisfacción por lo que presenciábamos. El hombre, un duro, lloraba de emoción.
Una pareja que había salido a hacer mercado desistió de su tarea para ver con sus propios ojos lo que ocurría en la querida comunidad de Santa Rosa: un dato lanzado al espacio digital por David Placer los había alertado más temprano. Esta misa es, sin duda alguna, el oficio religioso menos convencional que he presenciado en mis años de mal cristiano. Entre el murmullo de las oraciones se colaban las sentencias de los devotos militantes. «Esto se arregló», se escuchó decir entre el padrenuestro; los más beisboleros aseguraban que «el juego se colocó en tres y dos y ahora batea el opositor».
En la plaza los “cepilladeros" hicieron su agosto al término de Octubre, y vale contar que en el argot de los viejos reporteros se dice que si hay ejemplares de esta fauna, con seguridad hay noticias. Los “cuida carros" aceptaron propinas en pago digital, y más de un propietario deslizo un billete de un dólar como compensación por el puesto de resguardo para el vehículo. Una leve lluvia matizó el caluroso día que nos sonreía con un sol radiante y expansivo. Observe a una elegante dama, segura vecina de las urbanizaciones de las cercanías, lucir su pijama de seda justo en el ámbito vecino a los palomares de la plaza. “Esto tenía que verlo con mis propios ojos y salí con toda la prisa del mundo, no había tiempo, esto se ve solamengtee una vez.
Fue preciso demandar orden y espacio a la hora de impartir la comunión. Por un lateral del altar mayor, el sacerdote oficiante debió moverse con sigilo para sortear un infranqueable muro de cuerpos, manos y celulares que registraban la primera fila, donde María Corina presidía el orden del día junto a Henry Alvíarez y Enrique Ferreira. Un orden político que deberían comprender los aprendices y los imprudentes del oficio. Los oportunistas de siempre, esa prescindible figura de la política, jugaron ayer domingo, desde la banca. Donde deben quedarse.
Las naves del templo estaban a reventar y caminar por ellas era imposible. Salir hacia las afueras tomó minutos, muchos esfuerzos y cientos de empujones. Me consta que ese modo de aglomerarse solo lo convoca La Pastora; y creo que, salvando las distancias, aquel lleno, sin convocatoria previa, lo provocó esta vez la presencia de la Machado.
En el compacto espacio de la aglomeración, un hombre pequeño y de aspecto discreto me sugirió paciencia. Yo quería ganar la calle para mirar desde afuera la fe contenida en ese mágico espacio donde habita nuestra Virgen Madre. El hombre sudaba a raudales y vestía una raída franela de los Cardenales de Lara. Tomó aire y me dijo: «El cambio viene, porque viene». Lo decía con una convicción que iba más allá de la fe y del acuerdo político. Terminaba la misa y escuché, como colofón más que generoso, el himno de la Divina Pastora y luego el Himno Nacional: dos reconocimientos melódicos más que simbólicos y premonitorios. De esa manera se saluda a los jefes de Estado.
Al cruzar la puerta constaté que en la plaza y los alrededores de la iglesia había más gente que dentro del templo. Recordé entonces que, tras once meses en la clandestinidad dentro de Venezuela, María Corina Machado había abandonado el país de forma secreta en diciembre de 2025. Según reportes posteriores, lo logró mediante una operación marítima clandestina con apoyo de Estados Unidos que la llevó primero a Curazao y luego a Oslo, adonde llegó cuando la ceremonia oficial del Nobel ya había terminado. Su hija, Ana Corina Sosa, recogió el galardón en su representación.
Un largo camino.
Desde entonces Machado intentó regresar al menos siete veces, según su equipo, desde Panamá, Curazao y Estados Unidos, por vía aérea, marítima y terrestre. El primer intento fue a fines de junio, tras el devastador doble terremoto del 24 de ese mes; los demás se estrellaron contra permisos de aterrizaje denegados, espacios aéreos cerrados e impedimentos nunca explicados en público. Su equipo denunció que no la dejaban entrar a su propio país. Entre el 21 y el 23 de septiembre, mientras la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se reunía en Nueva York con Donald Trump en el marco de la Asamblea General de la ONU, Machado intentó tres veces regresar desde Panamá, por mar y por aire, con escalas previstas en Aruba y Curazao. Un vuelo privado ni siquiera despegó porque Bonaire, Aruba y Curazao no concedieron permiso de aterrizaje. El gobierno de Rodríguez negó estar bloqueando su entrada.
Esta vez, según el corresponsal de ABC en Washington, David Alandete, hubo una operación diplomática en la que participaron varios países y de la que Estados Unidos tenía conocimiento. Ni Machado ni su equipo han revelado la hora, la ruta o los detalles del cruce, y prometieron darlos en las próximas horas. Será menester de otra historia, necesariamente más reposada y menos ansiosa. El secretario de Estado, Marco Rubio, atribuyó el regreso a la mediación de Washington y al diálogo que respalda. Dinorah Figuera, jefa de la delegación opositora en la mesa con el chavismo, lo calificó como un regreso «en libertad», fruto de esas conversaciones, aunque el movimiento de Machado no participa directamente en ellas.
Poco antes del mediodía, hora de Venezuela, Machado publicó en su cuenta de X, @MariaCorinaYA, un mensaje breve y directo: «Estoy aquí. Con ustedes». El post se viralizó en minutos. Edmundo González Urrutia, exiliado en Madrid desde septiembre de 2024, confirmó la noticia en la misma red: dijo que su querida María Corina «está en territorio venezolano», que la voz soberana de los venezolanos retorna con ella y que muy pronto estaría a su lado.
Poco después, el equipo de comunicaciones de Vente Venezuela y el Comando Con Venezuela difundieron las primeras fotografías y videos: Machado en el Santuario de la Divina Pastora, en la iglesia de Santa Rosa, adonde llegó, dijeron, «para agradecer a la Divina Pastora por su regreso». Las imágenes muestran abrazos, lágrimas y celebración dentro y fuera del templo. Una mujer lo resumió entre sollozos: «La Virgen nos ha hecho un milagro». Medios nacionales e internacionales replicaron la noticia en tiempo real y la Plataforma Unitaria Democrática celebró el regreso. Las redes se desbordaron: la etiqueta «Bienvenida» se colocó entre las más usadas del país, según reportes de medios digitales, y la conversación siguió activa hasta la noche con videos de seguidores que salían al paso de la caravana.
Donald Trump, consultado en Washington, dijo desconocer el regreso y deseó que ella estuviera a salvo. Volvió a llamarla «una mujer muy agradable» y recordó que le entregó su medalla del Nobel. No siempre fue tan cálido: tras la captura de Maduro dijo que a Machado le faltaba respaldo dentro del país para liderarlo.
Porque regresa a un país distinto del que dejó. El 3 de enero, fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas, y desde entonces gobierna como presidenta encargada Delcy Rodríguez, sin que haya una elección convocada. Machado y sus aliados exigen una fecha; en Washington, la prioridad declarada es la estabilización. Hasta ahora, Machado no ha ofrecido declaraciones a la prensa.
Culminada la misa, y tras un forcejeo monumental, María Corina tomó camino a Caracas en caravana, a bordo de vehículos blindados. Atravesó Yaracuy, Carabobo y Aragua, y miles de personas, muchas con prendas del color de Vente, salieron a las carreteras a saludarla; hubo paradas anunciadas en el peaje de Guacara, el de Palo Negro, en Maracay, y en Valle-Coche, en la capital, y una concentración en Santa Mónica. Según EFE, la caravana llegó a Caracas, y hasta ahora no se han reportado incidentes ni detenciones. Desde allí, seguramente, vendrán sus precisiones políticas en demanda de elecciones libres, liberación de los presos políticos, saneamiento de poderes como el TSJ y el CNE y, fundamentalmente, la exigencia ciudadana de una fecha para votar frente a quienes ejercen la primera magistratura sin mandato de las urnas.
Ciertamente, en este maravilloso país no tenemos tiempo para aburrirnos. Su regreso a Caracas lo decoraron infinitas filas de ansiosos ciudadanos que colmaron carreteras y autopistas para verla pasar.



