Terremotos en Venezuela con una discapacidad: Huir no es igual para todos

Un caos de gritos, gente corriendo procurando ponerse a salvo y espesas polvaredas donde antes estaban edificios, se apoderó en segundos de la capital venezolana

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Caracas.- El 24 de junio de 2026 a las 6:04 p.m., la tierra se sacudió en Caracas, Venezuela, por dos sismos casi en simultáneo, de grados 7.5 y 7.2, respectivamente. Un caos de gritos, gente corriendo procurando ponerse a salvo y espesas polvaredas donde antes estaban edificios, se apoderó en segundos de la capital venezolana.  

Mientras tanto en el este de la ciudad, Rafael Arreaza no podía controlar el desplazamiento de su silla de ruedas dentro de su casa, de la que otros habían logrado huir ya. En la zona centro, Mariel Delgado intentaba vestir a su hijo Christopher, cuyos huesos son frágiles como el cristal. En el oeste, Helen Cárdenas luchaba por despegar a su hijo Elías, un adolescente con autismo, del televisor.

Arreaza, de 43 años, lesionado medular y usuario de silla de ruedas, se encontraba en su casa cuando todo se estremeció. Acababa de terminar de reparar unos instrumentos musicales de cuerda, iba por la escoba cuando su piso se empezó a mover; primero lento, luego intempestivamente, de un lado al otro, de arriba a abajo, y así por 40 segundos. Dice que sentía como si su silla de ruedas estuviese montada sobre una tabla de surf.

“Horrible (…) Fue algo que no puedo describir. Mi hermano salió y me dejó acá [en la casa], quizás por los mismos nervios. Mi hijo también, y quien me sacó a la calle fue mi sobrino. Las cosas [recomendaciones] de meterse debajo de una mesa o protegerse con una columna, ¿cómo hago yo?", precisó Arreaza. 

Sin poder correr aunque haya miedo

En el centro de Caracas, en el piso 7 de un edificio, Mariel Delgado, mamá de Christopher, un joven de 24 años con paraplejia espástica, trastorno global del desarrollo, autismo y una osteoporosis similar a ‘huesos de cristal’, se encontraba en una de las múltiples rutinas diarias de cuidado en su cama. Él estaba apenas vestido del torso para arriba cuando todo se estremeció. No pudieron salir inmediatamente, como sí pudieron hacerlo sus vecinos.

Rápidamente lo vistió, armó el coche que usa para movilizarlo y un bolso improvisado con lo necesario: pañales para adultos, algunos medicamentos y lo que medianamente, con miedo, recordó. Se encomendó a Dios y salió al pasillo a la espera de ayuda. Lee el artículo completo que fue publicado por Palabra. aquí

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