Mujer fue rescatada de los escombros junto a su hija y perrita: «Tengo una nueva oportunidad de vivir»

Andreina Ibarra es una de las sobrevivientes de la tragedia. Quedó 12 horas atrapada entre el piso y el techo de su apartamento que se desplomó. Fueron sus vecinos los que las rescataron. Asegura que mientras le faltaba el aire, se aferró a Dios. Actualmente se encentra en una carpa militar en el polideportivo La Guaira, a salvo junto a su hija de 13 años y su mascota

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Doce horas de oscuridad, polvo y terror. Andreina Rivera yacía boca arriba, aplastada bajo el concreto. Sobre ella, su hija de 13 años inmovilizada por lo que antes fue el techo de su apartamento en el bloque 3 de la urbanización Páez en Catia La Mar. Vivían en el piso 12. 

Apenas la niña cruzó la puerta de la casa con su perrita, la tierra rugió. Eran las 6:04 de la tarde del miércoles 24 de junio. Primero un terremoto de magnitud 7,2. Treinta y nueve segundos después, otro de 7,5. Un doblete sísmico devastador que golpeó la costa central de Venezuela, especialmente La Guaira. Edificios completos se vinieron abajo en Catia La Mar, Playa Grande, Caribe, Los Corales y otras zonas costeras. Cientos de personas murieron y otras siguen atrapadas. 

“Yo agarré de la mano a la niña y se comenzaron a caer las ventanas. Rodábamos para allá y para acá hasta que nos cayó el techo encima", relató Andreina a El Pitazo. Quedó inmovilizada, con su hija protegiéndola con su propio cuerpo. Recuerda que se le dificultaba respirar por el polvo y comenzaron a correr las horas. 

Escuchaban los gritos de sus vecinos, que desde ese momento se convirtieron en rescatistas. Ellas respondieron: «Aquí estamos, estamos vivas». Pero regresó la desesperación porque el suelo volvió a temblar.

Los voluntarios improvisados tuvieron que salir corriendo en busca de herramientas para abrir huecos entre los escombros. Con Andreina fue más difícil. Su posición y el peso sobre ellas complicaron todo.

Durante esas 12 horas, Andreina se aferró a su fe: “Me aferré mucho a Dios. Decía que tenía que salir adelante, que no quería que muriéramos ahí. Yo no me quería morir. Le pedí que no me soltara la mano". Dios, dice ella, la escuchó.

Al cabo de las 12:00 p.m del día después de la devastación, los huecos fueron suficientes. Las sacaron con vida. Su perrita fue rescatada 48 horas después, también entre los escombros. Hoy las tres se encuentran en una carpa militar que les sirve como refugio en el Polideportivo José María Vargas, uno de los puntos de atención improvisados mientras bomberos y voluntarios siguen buscando a quienes aún permanecen tapiados.

Andreina sabe que no todos tuvieron su misma suerte. “Se murieron mis amigas, hay mucha gente conocida que todavía están allí tapiadas". Pero a pesar de la pena que la embarga, se siente profundamente agradecida: “Dios me dio una nueva oportunidad de vida. Le daré gracias todos los días que estamos vivas".

Ahora, desde la supervivencia, ofrece lo que le queda: “Esta es una nueva oportunidad. Le doy mi mano al que la necesite".

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