Lo que comenzó como un video viral grabado en medio de un procedimiento policial terminó por exponer un comportamiento arraigado en la idiosincrasia venezolana. En el material audiovisual, la abogada Felgeorgi Elizabeth Ochoa Gutiérrez confrontó a un funcionario de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) durante un incidente vial. Con una frase que rápidamente se transformó en tendencia, la ciudadana sentenció: «Yo no me creo la tapa del frasco, yo soy la tapa del frasco».
Más allá de la posterior confirmación de su captura —anunciada en televisión por el ministro de Relaciones Interiores, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, tras acusarla de «valimiento de nombre»—, la situación escaló hacia un terreno más profundo. La opinión pública no solo reaccionó al desafío hacia la autoridad, sino a la naturalidad con la que la ciudadana pretendió evadir la ley invocando el apadrinamiento de Cabello. Esta respuesta colectiva visibilizó una práctica que los venezolanos conocen bajo el término coloquial de «chapeo».
Frente a este fenómeno, las plataformas digitales sirvieron de espacio para el debate. Uno de los enfoques compartidos fue el de Jesús Tineo, conocido bajo el usuario Absolutedu. Tineo, quien es arquitecto, escritor e influencer enfocado en crónicas de opinión y reflexiones de la sociedad venezolana, desglosó el incidente no como un hecho aislado, sino como la punta del iceberg de una cultura estructural.
¿Quién es Elizabeth Ochoa, la mujer que dice ser «la tapa del frasco»?
En su análisis, Tineo plantea que figuras como la protagonista del video son el reflejo de un entorno que por décadas ha validado el amiguismo, las llamadas oportunas y los apellidos influyentes como mecanismos para pasar por encima de las normas y del resto de los ciudadanos. Desde su perspectiva, esta dinámica ha normalizado conductas que premian el beneficio personal a costa de la colectividad.
El creador digital señala que la frase «¿tú no sabes quién soy yo?» se ha convertido en una advertencia común en el país. A su juicio, quien la pronuncia en una fila o frente a una autoridad no busca identificarse, sino amenazar con consecuencias si no se le concede un trato preferencial. «Es la manera de anunciar que detrás de esa persona existe un apellido, un cargo, una llamada o un contacto dispuesto a torcer el procedimiento», argumentó en su publicación.
En medio de este panorama, Tineo advierte que ahora las redes sociales funcionan como una nueva credencial de poder, donde algunos confunden tener una audiencia con poseer inmunidad legal o un grupo de presión para justificar sus atropellos. Para el escritor, «el poder ya no se presume con una credencial: ahora se mide en contactos, fotografías y seguidores».
El abuso de poder
Acompañando su reflexión, Tineo expuso de manera visual una tipología que ayuda a entender cómo se distribuye el abuso de poder en el día a día a través de tres categorías del «enchufado» venezolano.
En primer lugar, define al «prescindible» como aquel que es entregado cuando se convierte en una molestia. Por otro lado, ubica al «conectado con varias cabezas», un eslabón más complejo que maneja información clave y es más costoso de abandonar. Finalmente, describe al «de relleno», perfil que encaja en el caso viral: personas que viven alrededor del poder, presumen influencias y utilizan nombres ajenos para intimidar.
«Esta mujer se llamó a sí misma ‘la tapa del frasco’; ahora corresponde averiguar qué había dentro, quién lo mantuvo cerrado y cuántas veces una conexión política evitó que la ley hiciera su trabajo», destacó Tineo en su análisis, el cual cerró citando a Martin Luther King Jr.: «La injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes».
De la «viveza criolla» a la cultura del apadrinamiento
El fenómeno descrito por Absolutedu encuentra un respaldo en la sociología y la historia venezolana. El acto de mostrar una credencial o invocar el nombre de un superior para obtener un beneficio o evadir una sanción fue analizado por el psicólogo y escritor Axel Capriles en su obra La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo (2008).
El autor explica que los tramposos y los pícaros existen en todo el mundo; sin embargo, lo que convierte a la viveza en un rasgo del carácter social venezolano es el hecho de que colectivamente se le celebra, se le premia y se le ve de forma positiva, en lugar de ser condenada.
Capriles señala que en el imaginario nacional conviven dos figuras: el héroe épico y el pícaro, representado por el personaje folclórico de Tío Conejo. Este último se caracteriza por ser astuto, tramposo, individualista y propenso a saltarse las normas. El problema estructural surge cuando la sociedad admira esa astucia para burlar las reglas y empieza a considerar al ciudadano honesto como un «bobo», mientras que al «vivo» se le aplaude su capacidad para salirse con la suya.
Al plantearse si la viveza criolla es una simple estrategia para sobrevivir o la causa de que el sistema no funcione, Capriles argumenta que el pícaro venezolano coexiste con un sistema históricamente hiperregulado, burocrático y lleno de trabas. Ante un Estado que dificulta la vida diaria, la viveza y el contacto político aparecen como herramientas para resolver problemas básicos, debilitando a su vez la confianza en las leyes y en las instituciones.
«Soy la tapa del frasco»: mujer desafía a la PNB y asegura que está apadrinada por Diosdado Cabello
La fractura institucional y el reto cívico
Esta dimensión cultural se refleja directamente en las instituciones. Para la politóloga Carmen Beatriz Fernández, el episodio de la «tapa del frasco» es el diagnóstico de una sociedad personalista con instituciones debilitadas, donde coexiste una profunda desconfianza hacia las reglas del sistema.
En su opinión, el núcleo del problema radica en la ausencia real de una igualdad ante la ley, pues aunque el marco jurídico formal existe en el papel, en el imaginario colectivo no hay una expectativa real de que las normas se apliquen igual para todos.
Fernández advierte que, si bien la percepción de un acceso diferencial al poder ha estado históricamente presente en Venezuela, «el modelo chavista terminó por llevar esta dinámica al extremo».
A juicio de la politóloga, esta distorsión ha fracturado el concepto de ciudadanía, segmentándolo de manera asimétrica. Por un lado, se erige una supuesta «ciudadanía de primera categoría», integrada por aquellos que gozan de acceso directo a los administradores de la justicia —el estatus de impunidad del que alardeaba Ochoa—. Por el otro, queda relegada una ciudadanía de segunda, desamparada ante el sistema y sujeta a la discrecionalidad de aplicar «todo el peso de la ley a los enemigos». Para la experta, esta lógica responde a un esquema donde la efectividad de la justicia depende exclusivamente de poseer los contactos correctos.
Sin embargo, para Fernández no todo el panorama es desalentador. La especialista sostiene que la masiva viralización del video, la firme respuesta de los funcionarios policiales en la escena y la indignación generalizada constituyen un síntoma positivo. A su criterio, este rechazo colectivo demuestra que la sociedad venezolana no ha perdido la vergüenza ni la capacidad de distinguir lo correcto de lo incorrecto, manteniendo viva la exigencia de mejores respuestas por parte del Estado.
El verdadero desafío estriba en cómo erradicar esta arraigada cultura de la viveza que pasó de ser una herramienta de supervivencia a convertirse en cómplice directa de la corrupción. Fernández ilustra el problema con una dinámica cotidiana en entrevista para El Pitazo: «Supón que Tío Conejo obtiene ventajas —un contrato de un ministerio otorgado a dedo o una infracción de tránsito— y el sistema no lo sanciona; Mengano y Zutano aprenden algo importante: la legalidad no necesariamente recompensa al cumplidor».
Bajo esta premisa, la politóloga destaca que si la sociedad sigue normalizando un trato preferencial para el militar, el político, el empresario, el amigo o el famoso, las instituciones conservarán su arquitectura formal pero carecerán de fuerza real. La reconstrucción del país, por ende, demanda fortalecer la institucionalidad, pero también la cultura cívica. «La gente tiene que creérselo», concluyó.
En ese mismo contexto, el arquitecto Jesús Tineo coincide en que el verdadero desafío para la sociedad va más allá de desmontar una estructura política. El creador digital considera que el reto radica en corregir el comportamiento de aquellos que aprendieron a avanzar usando sus conexiones y el temor ajeno como ventaja.
Para Tineo, «la reconstrucción del país comenzará cuando la pregunta ¿tú no sabes quién soy yo? deje de abrir puertas y empiece a activar investigaciones».



