Soy venezolano y canadiense. Trump quiere mis dos países

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Estado 51 el coñoetumadre, chico

Por: Rafael Osío Cabrices

Al multimillonario, ex estrella de reality shows, evasor de impuestos y probable depredador sexual que la mitad de la sociedad estadounidense ha elegido como presidente dos veces le encanta insultar y amenazar. Ladra tanto que yo creía que nunca iba a hacer nada contra Nicolás Maduro, sobretodo porque durante la primera mitad de 2025 parecía muy contento negociando con él.

Va por la vida firmando órdenes ejecutivas para que no lo modere el Congreso, presionando a las instituciones para que obedezcan sin chistar como hacía Hugo Chávez, y no deja de insistir en que le robaron las elecciones de diciembre de 2020, hasta el punto de haber promovido un intento de golpe de Estado mediante el asalto al Congreso en enero de 2021, que tanto recordaba al que perpetró José Tadeo Monagas en Caracas en 1848. Y entre las muchas cosas que dice una y otra vez desde hace tiempo para llamar la atención y sentir siempre que se sale con la suya, está el que quiere convertir a dos países, solo dos, en el estado 51 de EE. UU.: Canadá… y Venezuela.

Nací en Venezuela y viví en ella por 40 años. Vivo en Canadá desde hace 12. Soy ciudadano venezolano y ciudadano canadiense. Por ningún motivo, desde los más emocionales a los más prácticos, quiero que ni Canadá ni Venezuela sean absorbidas por EE. UU., país del que detesto muchas cosas, pero con el que también tengo vínculos emotivos, profesionales y culturales muy fuertes: ahí nacieron mis sobrinas, ahí he pasado tiempo, ahí están muchos de mis vínculos afectivos y de trabajo, ahí estoy por publicar un libro y ahí suelo ir al menos una vez al año, y pienso seguir haciéndolo, porque también es parte de mi mundo y porque hay muchísimas cosas de su cultura y de su tierra que admiro y que disfruto.

Y ahora tengo que calarme esta retórica del “estado 51". En Canadá, ha llevado a una guerra comercial con aranceles y a una tensión sin precedentes; los canadienses se sienten absolutamente traicionados por un país del que han sido los más estrechos aliados desde hace mucho tiempo, y con el que tienen intensos lazos de todo tipo, hasta familiares: hay muchas familias binacionales, como pasa en Venezuela con Colombia.

En Venezuela, el invento del estado 51 parece estar alimentando lo que cada día es más difícil no describir como imperialismo. Sí, lo que los chavistas denunciaron por tres décadas, y que ahora hasta celebran, en su absoluto desprecio por el país en que nacieron, porque implica la continuación de su depredación de Venezuela.

Como a millones de personas, me ofende que Trump y su séquito hablen de Canadá como si fuera parte de EE. UU. Pero no es sólo una banda de bullies con demasiado poder que disfrutan insultándonos: ambos países tenían la mayor integración económica del planeta, y la guerra comercial que ha ido desarrollándose desde el primer periodo trumpista se está agravando, con consecuencias directas en la vida diaria de todos los que vivimos en Canadá, y millones de otras personas que viven en EE.UU.

Canadá es la mayor fuente de importaciones de energía, en forma de petróleo y de electricidad, que tiene Estados Unidos, y en Canadá consumimos innumerables cosas que vienen del vecino del sur, desde fruta fresca a Netflix. Que cientos de productos canadienses deban pagar más de 50% de arancel al entrar a EE. UU., y viceversa, aumenta el costo de la vida y el desempleo en ambos países.

La industria manufacturera binacional tiene un grado tan alto de integración que una sola pieza de un automóvil puede cruzar la frontera hasta ocho veces a lo largo de su proceso de producción. La última ronda de negociación terminó hace poco más de una semana, cuando a última hora la delegación estadounidense empezó a exigir que Canadá consultara primero con EE.UU. antes de celebrar un acuerdo comercial con cualquier otro país, y que no pidiera a plataformas como Netflix promover la oferta de contenido en francés a sus usuarios en este país que tiene al francés como su segunda lengua.

Para el primer ministro, Marc Carney, eso era inaceptable, y ordenó a su equipo regresar a Ottawa. Al día siguiente declaró que Canadá estaba siendo atacada, pero que no se iba a someter. La mayoría de los ciudadanos y hasta el líder de la oposición (una suerte de imitador de Trump casado con una venezolana) respaldan la decisión de Carney, aun con los costos económicos que traerá, porque también se dieron cuenta de que los aranceles de Trump no persiguen equilibrar la balanza comercial sino debilitar y someter a Canadá.

Según el historiador estadounidense Timothy Snyder, un especialista en tiranías que se mudó a Canadá el año pasado, esta guerra comercial puede ser el preámbulo de algo mucho peor. Y de hecho, las fuerzas canadienses han tenido que empezar a estudiar los escenarios de una invasión estadounidense, cuando por décadas la defensa del país se basó en la alianza con EE. UU. contra el enemigo común, Rusia, el tigre que ronca por el Ártico. Increíble, pero cierto.

También me ofende, o más exactamente, me arrecha, que Trump goce tanto diciendo que Venezuela puede ser también su estado 51, y aún más que haya venezolanos de acuerdo con eso. Porque sé que es un proyecto inviable y porque quiero que Venezuela sea un país libre, libre de la dictadura chavista, de cualquier dictadura, y también del control de cualquier otro país. Porque así como quería a los cubanos, los rusos y los iraníes fuera de las salas de decisión a las que los invitó el chavismo, quiero a los gringos de socios, no de colonizadores. Y en cambio, lo que está pasando es que el desierto institucional y económico en el que nos dejó el chavismo, que impide a la ciudadanía no solo hacer valer su voluntad sino organizarla en una esfera pública sana, e incluso la promoción de una intervención militar estadounidense en la que insistió por años María Corina Machado, nos ha dejado totalmente vulnerables a la ambición que, con toda claridad, ha declarado el trumpismo de dominar el hemisferio y de tratar las reservas internacionales venezolanas como si fueran suyas.

A principios de este año en el que han ocurrido tantas cosas, Trump y Stephen Miller empezaron a decir que la nacionalización petrolera de 1976 había sido un expolio de los intereses estadounidenses en Venezuela; el viernes, Trump confirmó en la red social de su propiedad (que se llama Truth, “verdad", igual que el periódico de la Unión Soviética, Pravda) lo que unos funcionarios suyos habían filtrado antes a Axios: que su gobierno había negociado con la dictadura ilegítima y títere de Delcy Rodríguez un acuerdo para que compañías estadounidenses exploten en exclusiva un conjunto de campos que suman 65 mil millones de barriles en reservas de petróleo.

Dice el presidente de EE. UU. que eso duplica las reservas estratégicas de aquel país y baja el precio de la gasolina (que está haciendo bajar su propia popularidad). Dice Marco Rubio que la población venezolana también se beneficiará. Varias voces en Venezuela, algunas de ellas calificadas para hablar del tema, dicen que un acuerdo petrolero de esta magnitud abre muchas oportunidades para el país. Pero nadie sabe cómo podremos estar seguros de que esos eventuales petrodólares van a ir a parar a las cuentas de la nación y a financiar la resolución de nuestros innumerables problemas, cuando este acuerdo, que comprometerá por décadas parte de la riqueza del subsuelo que según todas nuestras constituciones le pertenece a la República, está siendo firmado por dos actores que no nos representan, que no tienen ninguna legitimidad sino solo el poder que da la fuerza bruta; la expuesta por los estadounidenses en la madrugada del 3 de enero de 2026, y la expuesta por los chavistas en la madrugada del 4 de febrero de 1992.

Tanto Canadá como Venezuela son países mineros cuyos recursos valen mucho para el mundo, pero en particular para Estados Unidos. La geografía y la historia crean unos vínculos difíciles de romper y fáciles de manipular por un movimiento como el trumpismo. Por eso ambos figuran en la fantasía anexionista con la que juega Trump como los torturadores vietnamitas juegan a la ruleta rusa en The Deerhunter.

Diez veces más extenso que Venezuela, y más grande que el propio EE. UU., Canadá se convirtió en Confederación en 1867 para protegerse de la ambición estadounidense, que luego de quitarle a México la mitad de su territorio, al acabar su Guerra Civil completaba la conquista de su Oeste y miraba hacia el Norte otra vez. Durante la Revolución americana, Benjamin Franklin se instaló en Montreal para intentar convencer a los franco-canadienses de que se unieran a Estados Unidos, pero ellos prefirieron lidiar con los ingleses que acababan de derrotarlos que unirse a las 13 Colonias. En la Guerra de 1812, tropas británicas asentadas en Canadá atacaron Washington DC y quemaron la Casa Blanca. Eventualmente, luego de apoderarse de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, EE. UU. aprendió a ver a Canadá como un vecino conveniente, no como otro horizonte que conquistar, y en el siglo XX Canadá y EE. UU. forjaron la alianza militar y económica más estrecha del mundo. Los estadounidenses que no querían ser enviados a pelear en Vietnam se escondían en Canadá como en el siglo XIX lo hacían los esclavos fugados; los artistas canadienses como Neil Young, Jim Carrey o Leonard Cohen se mudaban a EEUU a hacer carrera; equipos canadienses son los únicos no estadounidenses en jugar en las Grandes Ligas, la NBA y el hockey profesional. Cabía esperar que la mayor parte de la infraestructura económica canadiense, como sus oleoductos y sus puentes, y su misma cultura de negocios se hubieran orientado hacia la exportación a la economía vecina, la más próspera del planeta. Hasta hoy, en que los canadienses venden sus apartamentos de playa en Florida, dejan de viajar a EE. UU., y se resisten a comprar productos Made in USA.

Venezuela, por su parte, comenzó su proceso independentista con fuerte influencia de las ideas de la Revolución Americana, y a lo largo del siglo XIX fue construyendo una buena relación con EE. UU. José Antonio Páez y otros políticos venezolanos se exiliaron en ese país. Hace un siglo, los exploradores estadounidenses se dieron cuenta de que Venezuela podía ser un gran lugar para extender la industria petrolera que se desarrollaba en EE.UU., y el régimen gomecista fue el socio perfecto para eso. La ubicación de Venezuela en la otra orilla del mar que baña las costas de Florida o de Texas marcaría una historia de desarrollo tecnológico, transferencia de conocimiento, influencia política y cultural, pugnacidad y fascinación hacia lo estadounidense que se extendió a lo largo de las conquistas del gobierno de Medina Angarita, la nacionalización con Pérez I, la apertura petrolera de Caldera II y esa otra locura consumista que llamaban “socialismo del siglo XXI".

Por lo demás, Canadá y Venezuela son inmensamente distintos.

El pabellón de Venezuela que diseñó Carlos Raúl Villanueva para la Expo 67 de Montreal, en una época más tranquila en la que era inconcebible lo que está pasando hoy (Ville de Montréal-Collection personnelle Roger La Roche)
Canadá, una monarquía constitucional, es una de las pocas democracias plenas que hay en el planeta. Venezuela, una república “bolivariana" (o sea, chavista), es una dictadura. En el índice global de libertades de Freedom House, Canadá tiene 97 puntos sobre 100, 16 puntos más que EEUU, y Venezuela 13 sobre 100. El primer ministro de Canadá es un economista formado en Oxford y Cambridge que dirigió dos bancos centrales, el de Canadá y el de Inglaterra, durante la crisis de 2008 y la del Brexit, respectivamente; fue elegido el año pasado justo porque representaba competencia y cabeza fría frente a la amenaza encarnada por Trump. Mark Carney lidera un partido socialdemócrata, el Liberal, responsable por la mayoría de las conquistas ciudadanas del Canadá moderno. En Venezuela, la presidencia está en manos de una persona a la que nadie eligió, que obedece a una potencia extranjera y que viene de un gobierno que saqueó el país y quiere seguir saqueándolo.

Canadá es un país de inmigración y una potencia mediana, miembro del G7 y, como dice Carney, el país más conectado económicamente del mundo por la cantidad de acuerdos comerciales que ha celebrado; Venezuela pasó de país de ingresos medios a país pobre, por culpa del chavismo, y perdió cerca de un cuarto de su población en menos de diez años, por la migración masiva.

Para mí, Canadá es mi hogar actual, el país de mi hija, la tierra estable y segura a la que le agradezco cada día habernos recibido. Venezuela, es mi gran pasión, el mundo que me hizo quien soy, que habla en mi acento, que atraviesa todo lo que escribo y lo que sueño y lo que más amo y más me duele. Canadá te puede aplastar con la tristeza de su invierno; Venezuela se te queda en el corazón con la calidez de su gente y de su tierra. Los dos países son hermosos, jóvenes y están llenos de gente valiosa, y tienen derecho a defender sus prioridades y sus intereses de un agente externo que no es democrático ni juega limpio. Canadá tiene cómo hacerlo. Venezuela lo tiene muchísimo más difícil.

¿Cómo hacemos los venezolanos?

En primer lugar, buscar en voces y en medios de comunicación responsables toda la información de calidad que esté disponible, y entender la situación con la mayor claridad que podemos. En vez de abrazar ideas absurdas como que ser anexionados por EE. UU. implica dejar la pobreza y la violencia de la noche a la mañana (como si en EE. UU. no hubiera millones de pobres, estados profundamente subdesarrollados y una violencia crónica), pensar y discutir en los canales que tenemos cómo recuperamos el país que ya tenemos, Venezuela, desde adentro y desde afuera. En vez de delegar otra vez todo nuestro destino colectivo a un individuo, sea María Corina Machado o Donald Trump, recordar cómo fue justamente esa maldita costumbre la que llevó a tanta gente a darle todo a Hugo Chávez, y abrir los ojos para advertir cuánto se parecen Chávez y Trump. En vez de apartar los ojos de una realidad que nos confunde y nos indigna, usar la incertidumbre y la rabia para buscar la manera de recuperar agencia, de que nos escuchen, de que nuestra voluntad valga.

En vez de querer ser controlados por un gobierno que trata a nuestra gente como terroristas y los manda en aviones a cárceles extranjeras o a las manos de Diosdado Cabello, debemos recuperar el uso de nuestros cerebros, hablar entre nosotros, y buscar cómo coño volvemos al camino hacia el desarrollo del que el chavismo nos sacó.

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