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lunes, 7 julio, 2025

El Machi: A la memoria de mi padrino Eduardo Liendo

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Por Gabriela Aguilar Ruiz

Con pulso frágil y manos temblorosas, escribió historias fascinantes.
Era su manera de resistir al olvido.
De dejar testimonio.

Desde que era una niña, mi vida jamás conoció la palabra “normalidad".
Mi padre, un comunista radical, un hombre de barricadas e ideales férreos. Mi madre, apenas una adolescente, hija de una familia conservadora, demócrata hasta la médula.

Alejandro Aguilar —alias Kazawa— era conocido en todo Los Teques por su participación en maniobras de “guerrilla urbana". Aquella militancia le valió, junto a un grupo nutrido de revolucionarios, una estadía en la tristemente célebre Isla del Burro, donde purgaron condena con todas las “garantías" en materia de Derechos Humanos. Lo que aquí narro, me apego a lo que contaron él y sus camaradas. Los detalles más oscuros están retratados en la prensa de aquel entonces.

Indultado, Kazawa fue enviado a Moscú, tierra donde el ideal se mezclaba con el frío y la utopía. Allí aprendió a pintar, a escribir, a pensar desde otras trincheras. Retornó al país a mediados de los años 70, regresó a su ciudad natal, Los Teques, y fue allí donde conoció a mi madre, Rhaiza Ruiz, una adolescente de 15 años que cursaba bachillerato en el Liceo Miranda.

Ella era hija de una jueza del estado Miranda e hijastra del fundador del Servicio de Pediatría de los Seguros Sociales. Vivían en el Club Hípico, en una casa donde el protocolo y la fe católica eran columnas de la cotidianidad.

Papá la embarazó. Y, como suele pasar, terminaron casados y viviendo en un cuartico de la familia Aguilar, cerca de la esquina de El Dato. De ahí migraron dos veces más hasta llegar a la humilde casita del sector El Gavilán. Yo tenía cinco años; mi hermana, recién nacida.

El escritor Eduardo Liendo fallece a los 84 años en Caracas

Mi madre, tenaz, terminó el bachillerato por parasistema y logró ingresar a Medicina en la Universidad Central de Venezuela. Nuestra casa se transformó en un hervidero de historias: el punto de encuentro de viejos amigos de papá, quienes llegaban cada fin de semana con botellas de vodka en mano y anécdotas de clandestinidad a flor de labio.

Allí estaban Fernando Zago, Héctor Chavaldini, Javier Bringas, Eduardo Liendo, Alwinson Querales, José Vicente Rangel, Luis Ponce, Clodosbaldo Russián… una generación de soñadores, de “ñángaras", como les llamaban con desdén o cariño, según quién lo dijera.

Eduardo y Javier eran inseparables. El primero, por su talento literario. El segundo, por ser bibliotecario del Banco del Libro. Juntos eran una llave maestra, abriendo puertas al conocimiento.

Pasaron los años. Y yo, niña curiosa y sensible, estaba molesta con mi padre. En nuestra casa no había arbolito de Navidad ni celebraciones religiosas. La fe era para otros, para los abuelos, no para él.

Un día, en el colegio, se anunciaron las clases de catecismo. Todos se prepararían para la Primera Comunión. Todos… menos yo. Ni siquiera estaba bautizada.

Fui con mi abuela y le dije que quería hacerla. Su respuesta fue clara:
—Pregúntale a tu padre.

Le pregunté.
Y me dijo que no.
Pero insistí. Me planté con firmeza:
—Quiero hacerla. Todos mis amigos la harán. Me das permiso.

Él, quizás por agotamiento o por el amor que me tenía, accedió. Pero lo hizo a su manera: organizando un evento que marcaría mi infancia. El Concurso de la Canción Balurda.
El ganador sería mi padrino. El segundo lugar, el padrino de mi hermana Alejandra.

Se preparó una fiesta en el patio de la casita del Gavilán: mesas, mesoneros, tequeños, bolitas de carne… y un jurado compuesto por lo más selecto de mi familia.
Los participantes —intelectuales, bohemios y revolucionarios— se inscribieron en categorías masculino, femenino y pareja mixta.

Entre ellos, Eduardo Liendo, a quien todos llamaban “El Machi". Se apuntó con “El Relicario". Yo estaba nerviosa. Observaba cada ronda, cada interpretación, esperando el resultado.
El Machi llegó a la final. Cuando le tocó el turno, subió al escenario.

En el clímax de la canción, sacó un relicario del bolsillo izquierdo, se arrodilló, alcanzó las notas más altas… y cayó desmayado en escena.

Fue glorioso.
Una actuación inolvidable.
El jurado no tuvo dudas: primer lugar.
Mi padrino.

Me río al escribir esto. El recuerdo es tan vívido que puedo sentir la brisa de esa noche y los aplausos resonando en mi pecho.

El segundo lugar fue para Javier Bringas, padrino de Alejandra.
Mi abuela —a quien siempre llamé Mamayita— inició entonces los trámites del bautismo para nosotras, las hermanas Aguilar Ruiz.

Fue así como El Machi se convirtió en mi padrino, junto a Alicia Samperi, la mejor amiga de mi madre.

La Comunión vino un año después. El Machi, cada vez que nos visitaba, pasaba por la bodeguita cerca del Merendero El Gavilán. Compraba chocolates de real y medio y nos los daba con ternura. Luego se quedaba horas hablando con papá: arte, libros, política, poesía… a veces incluso traía a poetas a declamar.

Una tarde, llegó con su libro Mascarada. Me lo entregó con una sonrisa.
—Te traje un regalo. Espero lo disfrutes.

En la contraportada:
“Para mi ahijada Gaby".
Yo tenía ocho años.
Para mí, el verdadero tesoro seguían siendo los chocolates.

Tiempo después, conocí a la esposa de mi padrino: Yeska, argentina, ilustradora, mujer luminosa. Me recibió con dulzura y me invitó a dibujar. Fue una tarde mágica.

Años más tarde, el Machi me contó que sería padre. Confieso que sentí celos: hasta ese momento, había sido “su niña". Pero pronto entendí que el amor no se divide, se multiplica.

Su hija Olivia, a quien no conozco personalmente, fue su gran amor.

El tiempo siguió. Yo daba clases en la Universidad Bicentenaria de Aragua. En mi materia de Cine Foro, proyectaríamos Los Platos del Diablo, protagonizada por Gustavo Rodríguez.
Pensé: “¿Y si traigo al autor de la obra original?"

Lo invité.
—Será un gran honor —me dijo.
No sabía que el honor era mío.

Perdió el primer autobús. Tomó el siguiente. Llegó con tres horas de retraso. Reorganizamos la proyección. El foro fue extraordinario.

Lo llevé a almorzar. Como dos amigos que saben que el tiempo es breve. Me abrazó fuerte.
Sus manos temblaban más que nunca.

—Tu papá y yo nos hemos distanciado —me dijo, con dolor.
—Las diferencias políticas no tienen por qué separarnos a nosotros —respondí.

Recordamos mi infancia. Me dio un último consejo:
“No dejes que la muerte te sorprenda sin los sueños realizados, mi Gabirula."

Esa fue nuestra última conversación.
Y hasta hoy, Eduardo Liendo sigue siendo mi padrino, mi maestro, mi inspiración.

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