«Lo peor sería volver a un refugio»: el temor de habitantes de la Misión Vivienda afectados por terremotos 

Las familias que hace más de una década dejaron los refugios para mudarse a apartamentos de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV) ahora duermen otra vez en plazas y bajo carpas, mientras esperan que las autoridades determinen si sus edificios pueden seguir siendo habitados

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Caracas. – «Lo peor sería volver a un refugio. Eso es lo que más miedo nos da». La frase se escucha una y otra vez entre las familias que desde hace una semana permanecen bajo carpas, en colchonetas o sentadas sobre el concreto de plazas y espacios públicos de Caracas, luego de abandonar sus apartamentos tras los terremotos registrados el pasado 24 de junio.

Para muchos venezolanos la emergencia actual no comenzó con el doble terremoto. Empezó hace más de 15 años, cuando las lluvias de finales de 2010 arrasaron con miles de viviendas en el país y obligaron a decenas de miles de familias a abandonar todo lo que tenían.

Quienes entonces sobrevivieron a deslaves, derrumbes y deslizamientos de tierra fueron trasladados a refugios improvisados donde permanecieron durante meses e incluso años. Hoy, después de haber reconstruido sus vidas en apartamentos de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), sienten que la historia amenaza con repetirse.

La diferencia, dicen, es que ahora el miedo no proviene de la lluvia, sino de las grietas que dejaron los terremotos.

Las familias evacuadas esperan que ingenieros y organismos oficiales concluyan las inspecciones estructurales de los edificios para conocer si podrán regresar a sus hogares. Mientras tanto, la incertidumbre pesa tanto como el recuerdo de los refugios.

«Es horrible estar en un refugio», resume una de las habitantes mientras observa las carpas instaladas en una plaza caraqueña.

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Una historia que parecía haber terminado

Las lluvias registradas entre noviembre y diciembre de 2010 marcaron una de las emergencias más graves de los últimos años en Venezuela. Al menos 130.000 personas resultaron afectadas en todo el país y unas 34.000 familias quedaron damnificadas solo en Caracas.

Los sectores populares del oeste y del este de la capital fueron de los más golpeados. Cientos de viviendas colapsaron o quedaron inhabitables por los deslizamientos de tierra y las inundaciones.

Como respuesta a la emergencia, el Gobierno habilitó refugios temporales en diferentes instalaciones públicas. Uno de los principales fue Fuerte Tiuna, donde llegaron a concentrarse más de 3.000 damnificados, además de otros complejos acondicionados para albergar a miles de personas.

Muchas familias permanecieron allí durante más de tres años, esperando una solución habitacional definitiva.

Fue en ese contexto cuando, el 30 de abril de 2011, el entonces presidente Hugo Chávez anunció la creación de la Gran Misión Vivienda Venezuela. El programa priorizó inicialmente a quienes habían perdido sus casas durante las lluvias, trasladándolos progresivamente desde los refugios hacia nuevos urbanismos construidos por el Estado.

Para esas familias, recibir las llaves de un apartamento significó cerrar una etapa marcada por la incertidumbre.

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Otra vez fuera de casa

Los terremotos del 24 de junio devolvieron esa sensación de vulnerabilidad. Ante el temor de un colapso y mientras avanzan las evaluaciones técnicas, decenas de familias evacuaron sus viviendas.

Aunque la mayoría de las edificaciones no colapsó, varios edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela presentaron daños visibles. En algunos apartamentos aparecieron grietas en paredes y techos; en otros hubo desprendimiento de frisos y caída de paredes internas.

Muchos permanecen desde entonces en plazas y espacios abiertos de Caracas, donde instalaron carpas y colchonetas mientras esperan un pronunciamiento oficial sobre el estado de los edificios.

La preocupación va más allá de la posibilidad de perder el apartamento. El verdadero temor es que las autoridades determinen que los inmuebles no son habitables y deban regresar a refugios temporales.

«No quiero volver a vivir eso»

Karina Díaz, habitante del edificio OPP20, ubicado entre la avenida La Estrella y la avenida Vollmer, en la parroquia San Bernardino del municipio Libertador, intenta mantenerse fuerte, pero admite que la incertidumbre le pesa cada día más.

El edificio donde vive forma parte de los conjuntos habitacionales desarrollados por la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (OPPPE), una de las instituciones encargadas de ejecutar diversos urbanismos de la Gran Misión Vivienda Venezuela en Caracas.

Díaz aseguró al equipo de El Pitazo que lo más difícil no ha sido abandonar temporalmente el apartamento, sino imaginar que tendrá que comenzar nuevamente desde cero.

«No quiero volver a un refugio», dijo con la voz entrecortada al recordar los años que pasó esperando una vivienda definitiva después de las lluvias de 2010.

Como ella, otras familias confiesan que la posibilidad de regresar a un albergue revive recuerdos que creían superados. Hablan de espacios reducidos, falta de privacidad, incertidumbre permanente y años enteros sin saber cuándo tendrían una casa propia.

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El miedo se extiende por los urbanismos

La misma preocupación se repite entre los habitantes de los edificios ubicados en los alrededores de la avenida Bolívar de Caracas.

En esa zona fueron construidas once torres residenciales agrupadas principalmente en dos grandes urbanismos ejecutados por la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales, donde actualmente numerosas familias esperan el resultado de las inspecciones estructurales.

Algunos vecinos consideran que la situación es incluso más angustiante que la vivida durante las lluvias de 2010.

Para ese entonces sabían que habían perdido sus viviendas y que debían esperar una solución. Ahora, la incertidumbre es distinta. Sus apartamentos siguen en pie, pero desconocen si podrán volver a habitarlos o si deberán abandonarlos definitivamente.

Mientras las evaluaciones avanzan lentamente, la vida transcurre entre carpas, colchones y comidas improvisadas. Los niños juegan alrededor de las tiendas de campaña, los adultos revisan constantemente las noticias esperando algún anuncio oficial y cada conversación termina girando alrededor de la misma pregunta: ¿qué pasará con sus hogares?

Nadie tiene todavía una respuesta. Lo único que las familias dicen tener claro es que no quieren volver a vivir los años que pasaron en un refugio esperando una vivienda.

Después de sobrevivir a las lluvias de 2010 y de reconstruir sus vidas en los apartamentos de la Gran Misión Vivienda Venezuela, sienten que los terremotos amenazan con devolverlos al punto de partida.

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