Por: Andrea Barrios
La Guaira.- Lismary Colombo vivió «una película de terror». Nunca imaginó que su viaje de la madrugada del 24 de junio hacia Caracas la convertiría en testigo y protagonista de una de las catástrofes naturales más crudas que ha sacudido a tierras venezolanas: un doble terremoto.
Con sus propias uñas, Lismary tuvo que escarbar entre los escombros del edificio Luisa Cáceres de Arismendi, de la Gran Misión Vivienda Venezuela en La Guaira, para rescatar los cuerpos de sus amigas: Stacy, de tan solo 12 años, y su madre, Génesis Castillo.
«De la cabeza y del corazón, no creo que salga nunca una situación así. Ver los videos es una cosa. Pero verlo allí frente a ti, ver que no quedó una casa de pie. Como si fueran lanzado una bomba atómica», comparó mientras contaba cómo se sentía a El Pitazo.
Lismary se sumó como voluntaria para el rescate de cuerpos el jueves, dentro de las primeras 24 horas en la zona cero. Decidió actuar, los pocos rescatistas que se encontraban en el lugar le advirtieron: «el muerto lo saca su familia», recordó.
La tragedia que separó a una familia
El día de los terremotos, Lismary estaba en San Bernardino, Caracas, junto a su amiga Daisy, la abuela de las niñas Stacy y también Sofía, de 10 años. Media hora antes de la catástrofe, las pequeñas habían llamado a su abuela. Estaban solas en el apartamento, esperando a su madre, quien regresaba de su jornada laboral en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía.
A las 6:00 de la tarde, la tierra se movió con violencia a una magnitud de 7.2 y 7.5. En medio del caos, la mente de Daisy solo se concentraba en sus nietas y al constatar la magnitud del desastre, con al menos cuatro edificios derrumbados en la Gran Caracas, se trasladó de inmediato a La Guaira, abriéndose paso entre el llanto, el dolor y la desesperación de la población.
Las primeras 24 horas: desesperación y colapso hospitalario
Desesperada durante toda la noche, Daisy intentó remover los escombros con sus manos desnudas, usando una cuchara o cualquier objeto que encontrara para hallar a sus familiares. No fue sino hasta la mañana siguiente cuando un vecino le dio una luz de esperanza: Sofía estaba viva y la habían trasladado a la Clínica Popular Doctor Alfredo Machado, conocida localmente como «El Hospitalito«. Daisy corrió hacia allá, pero la pequeña Sofía no sobrevivió.
«Ella recibió un golpe muy fuerte en la cabeza. Y las enfermeras le dijeron a mi amiga que ella aguantó mucho, que ella guapeó, guapeó bastante toda la noche, toda la madrugada y murió como a las 6 o 7 de la mañana», cuenta Lismary.
Temblando por el impacto emocional, Lismary se llenó de valentía y se adentró en la zona cero esa mañana. Stacy y su madre se encontraban en el piso 11, uno de los últimos de la estructura y sus cuerpos estaban atrapados a la mitad, debajo de una pesada columna que los civiles no hallaban cómo levantar.
Al pedir ayuda a los pocos rescatistas presentes, recibieron la respuesta: «el muerto lo saca su familia». Les rogaron que, al menos, les indicaran cómo proceder para mover la estructura. Fue en ese momento cuando «uno de los buenos» los asesoró, debían hacer palanca con materiales macizos. Así lograron rescatar los cuerpos de sus seres queridos y de otras víctimas, entre ellas un hombre llamado Jorge, quien presentaba graves heridas en el rostro.

El conteo de las víctimas
El siguiente desafío fue el traslado; necesitaban sábanas urgentemente para mover los cuerpos. Tras conseguirlas, Lismary presenció traumáticas escenas: camiones y vehículos pasaban cargados con 10 y 15 cuerpos apilados unos sobre otros.
En las cercanías de «El Hospitalito», en el terminal de pasajeros, los cadáveres eran colocados uno al lado del otro para el proceso de reconocimiento. Allí dejaron a Jorge, con el número 132 marcado en su cuerpo. Solo esa tarde, y en ese centro de atención, ya se habían numerado 136 cadáveres.
«Eran tantos sitios que estaban recogiendo luego los cadáveres, ver niños, bebés recién nacidos, ahí en una sábana como si fuera un pan envuelto, ahí en un papel», describió con horror lo vivido.
A pesar del trauma, la búsqueda no se detuvo. Todavía les faltaba recuperar el cuerpo de Yobe Castillo, hermano de su amiga Daisy, quien se encontraba en el piso 6 del mismo edificio.
Falsa alarma de tsunami
Al entrar en las 48 horas posteriores al desastre, la tensión llegó a su punto máximo. Lismary estima que eran entre las 9:00 y las 10:00 de la noche mientras continuaban las labores sobre el edificio colapsado. De repente, unas 50 personas comenzaron a correr despavoridas. A lo lejos, se escuchó el grito de un hombre: ¡Tsunaaaami!
El pánico se apoderó del lugar. Motos y carros comenzaron a huir desesperadamente de La Guaira. Lismary se encomendó a Dios, pensando que esa sería su última noche; pero en medio del caos, logró llegar a la vía principal, donde le suplicó a un conductor que la trasladara a Caracas. A la medianoche, finalmente llegó a San Bernardino.
Al día siguiente se aclaró la situación: no se trató de un tsunami, sino de una fuerte réplica que desató la histeria colectiva de una población ya devastada.
El viernes, Lismary no regresó a La Guaira; se dedicó a gestionar el traslado de los cuerpos de los familiares de su amiga hacia Caracas para darles cristiana sepultura.
Mientras tanto, el cuerpo de Yobe Castillo aún sigue siendo buscado entre las ruinas.
#ServicioPúblico I Familiares desean encontrar a Yobe Alexander Castillo Espinoza C.I.: 15.540.138 desaparecido en Catia La Mar desde el #24Jun. Presuntamente fue extraído de los escombros, pero no logran dar con su paradero. pic.twitter.com/hbyyzymhMP
— El Pitazo (@ElPitazoTV) June 28, 2026
De acuerdo con la última actualización oficial de víctimas, el doble terremoto ha cobrado las vidas de 1.943 y el número de heridos subió a 10.571 resultaron heridas.on el colapso total de 189 edificios y otros 585 que sufrieron daños parciales tras los terremotos de 7.2 y 7.5 que azotaron a Venezuela el 24 de junio.



